Hace ya miles de años existió una princesa llamada Iztaccihuatl, que era tan bella que siempre la comparaban con alguna flor. Su padre, Tezozómoc, era el rey de Tlaxcala, una parte del territorio que hoy se conoce como México. Este rey estaba cansado del dominio y de la opresión que ejercía sobre ellos una tribu enemiga, y es así que decidió enfrentarse a ellos con su poderoso ejército en el sitio de Oaxaca. Para ese entonces, el más gallardo y valiente de sus oficiales, llamado Popocatépetl, había despertado el  corazón de la joven Iztaccihuatl y ambos estaban enamorados como dos cisnes. Tezozómoc no aprobaba esa unión porque pensaba que si ofrecía a Iztaccihuatl como sacrificio a los dioses, seguramente que éstos lo favorecerían en la guerra y enriquecerían a su pueblo, ya que ella era la princesa virgen más hermosa que nadie hubiera podido imaginar. Para separar a los enamorados el rey le ofreció a Popocatépetl que si él iba a Oaxaca, al mando de su ejército, y le traía la cabeza de su terrible enemigo, entonces le concedería la mano de su hija. El oficial partió emocionado ante la posibilidad de alcanzar su mayor deseo, mientras la princesa comenzaba a soñar con el retorno triunfante de su amado. A los pocos días de la partida del guerrero, le mienten a Iztaccihuatl diciéndole que Popocatépetl había caído muerto en batalla. La flor más bella de todo el territorio comenzó a llorar desconsoladamente sin parar, dejando escapar poco a poco su vida en cada lágrima. Ese fue el momento que aprovechó Tezozómoc para pedirle que ofrendara su vida en sacrificio, con el fin de salvar a su pueblo del terrible destino que le esperaba luego de la derrota. Mientras tanto, Popocatépetl había vencido la resistencia del rey enemigo y entrado a su palacio, lugar donde le cortó la cabeza para llevarla como ofrenda y testimonio de triunfo. Cuando llegaba vencedor al palacio de Tezozómoc, vio como colocaban al amor de su vida sobre el lugar de los sacrificios. Lanzando un grito desesperado corrió hacia ella y la tomó en sus brazos (figura 1a), para luego huir hacia las montañas. Los guardias de Tezozómoc corrieron tras los fugitivos, lanzándoles flechas envenenadas e hiriendo a la princesa que cayó en un profundo sueño del que no se sabía cuándo podría despertar. A pesar de su ataque los guerreros no lograron detener la desesperada huída de los enamorados. Al llegar a lo más alto de la sierra, Popocatépetl acostó a su princesa sobre la cumbre de una de las montañas más altas del lugar (figura 1b)  y luego encendió una antorcha que llevó hasta una altura vecina para velar desde allí el sueño de su amada princesa. Los dioses, conmovidos por el dolor y la tragedia de los amantes, convirtieron a Iztaccihuatl en un volcán dormido (figura 1c), a Popocatépetl en un volcán activo y los cubrieron de nieve para ocultarlos de los guerreros de Tezozómoc. Cada cierto tiempo Popocatépetl deja salir columnas de humo, fuego y cenizas para decirle a Iztaccihuatl que está cuidando su sueño y esperando que despierte. Los habitantes originarios de las regiones vecinas saben que Popocatepetl es un volcán benefactor, al que llaman “Popo” o “Don Goyo”, y confían en que si algún día decide hacer una erupción fuerte para despertar a Iztaccihuatl les avisará con tiempo para evitar poner en peligro sus vidas.

Figura 1: 1a) Popocatépetl lleva en brazos a Iztaccihuatl, 1b) la recuesta sobre la cumbre de una de las más altas montañas, 1c) Volcán Iztaccihuatl (“mujer blanca” en idioma nahuatl), con la cabeza de la princesa a la izquierda de la fotografia. (imágenes tomadas de Huerta y Castellanos, 2008)

Existen diferentes versiones y leyendas acerca del origen del Popocatépetl y del Iztaccihuatl (ver por ejemplo, Huerta y Castellanos, 2008; Frías, 1900), así como también diversas teorías y explicaciones científicas. Según geólogos, sismólogos, geomorfólogos, etc., la cadena de volcanes de la cual forman parte el Popocatépetl y el Iztaccihuatl, conocida como Cinturón Volcánico Transmexicano (CVTM, figura 2B), es una consecuencia de la colisión de placas tectónicas oceánicas y continentales, que da origen al fenómeno conocido como Subducción, que se produce cuando la placa oceánica desciende (subduce) por debajo de una placa continental (figura 2A). En el caso del Cinturón Volcánico Transmexicano la situación es un poco más difícil de analizar (Ferrari et al, 2011), porque la zona de subducción que lo origina es una de las más complejas del planeta (Gómez et al, 2005), al involucrar la colisión de tres placas tectónicas que se mueven en direcciones y sentidos diferentes (ver figura 2B): las placas de Cocos y Rivera (placas oceánicas que se mueven en dirección noreste), que colisionan con la placa Norteamericana (placa continental que se mueve en dirección noroeste), de tal forma que son dos las placas que descienden por debajo de la placa norteamericana (Placa Rivera y placa de Cocos). Estas dos placas presentan velocidades relativas diferentes, edades diferentes, además de estructuras y composiciones diferentes (ver figuras 2C y 2D).

Figura 2: (A) Esquema general del proceso de Subducción; (B) Placas tectónicas que interactúan en la región de México (las flechas naranjas señalan características análogas entre (A) y (B), mientras que las flechas blancas indican la dirección de movimiento relativo de las placas tectónicas locales); (C) Esquema de subducción de la Placa Rivera; (D) Esquema de subducción de la Placa de Cocos.

El Cinturón Volcánico Transmexicano tiene una longitud cercana a los 1000 km. y en algunas zonas alcanza más de 200 km. de ancho (Ferrari et al, 2011). Los diferentes procesos que condujeron a la formación del Cinturón Volcánico Transmexicano, tal como se encuentra actualmente, comenzaron hace aproximadamente unos 19 Ma (Ma=millones de años), pero la configuración que da origen al Popocatépetl y al Iztaccihuatl corresponde al periodo cuaternario (últimos 1.8 Ma aproximadamente).

En los párrafos anteriores se han expuesto dos formas, entre muchas posibles, de aproximarse al origen del Popocatépetl y, aunque no lo parezca, creer en una u otra de esas formas puede tener una importancia capital en la percepción del riesgo asociado con la presencia de este volcán en medio de una región intensamente poblada. Aceptar las leyendas acerca de “Don Goyo” hace que muchos pobladores de su entorno, sobre todo de zonas rurales, le atribuyan a éste comportamientos humanos y a que expliquen su actividad eruptiva en función de esa idea (Valckx, 2004). Es común escuchar en algunos poblados afirmaciones tales como “Don Goyo está bravo”, “quiere explotar porque no se le han llevado flores”, “debe ser que nos está avisando algo”, todo dentro de un contexto de poco o ningún peligro, porque se trata del guerrero benefactor que cuida a la princesa dormida. Esta percepción ha traído problemas en la fase de implementación de medidas de prevención, particularmente en las actividades de evacuación (Valckx, 2004), porque las personas no quieren abandonar sus viviendas y propiedades con argumentos como los expuestos y afirmaciones tales como “el Popo siempre se ha portado así y nunca nos ha hecho daños”. Durante la crisis eruptiva del año 2013, se pudo constatar esta actitud  en las entrevistas a pobladores presentadas en noticieros de televisión y en prensa vía web (ver por ejemplo el artículo de wired  http://www.wired.com/wiredscience/2013/05/explosions-and-earthquakes-still-rocking-mexicos-popocatepetl/). Expresiones como “no está pasando nada”, “no importa que el volcán esté haciendo erupción”, “no nos vamos porque hay muchos saqueos durante las evacuaciones”, “el Popo está disgustado por el frío, pero siempre es así y se va a calmar con algunos regalos”, fueron comunes en diversas entrevistas. Esto no es de extrañar ya que mucha de la información que manejan los habitantes de zonas rurales, e incluso de regiones urbanas, proviene de tradiciones ancestrales que han sido reforzadas incluso en textos escolares (ver por ejemplo Huerta y Castellanos, 2008) en los que se presenta la leyenda de Popocatépetl e Iztaccihuatl como derivada de un hecho real e histórico. Al margen de estas leyendas, parcialmente hispanizadas, es importante destacar que el conocimiento popular acerca del comportamiento de los volcanes, y en particular del Popocatépetl, tiene fundamento en la observación de estos volcanes durante cientos de años por parte de los pobladores indígenas (Barbosa, 1998). Los resultados de esas observaciones fueron registrados en manuscritos pre-hispánicos (llamados códices, figura 3A), en los que se puede constatar que no solo registraban el tiempo del evento observado, sino también características tales como intensidad y tipo del episodio (por ejemplo, de estos códices se deduce que la actividad del volcán antes del año 1347 consistía principalmente en la emisión de flujos de arena y fragmentos ardientes, como flujos piroclásticos, y de allí su anterior nombre “Xalliquéhuac” que significa “arena que vuela”; luego de ese año comenzó la fase actual de emisión de humo y cenizas, que motivó su cambio de nombre a “Popocatépetl” que significa “montaña que humea”). Es común la creencia de que los sacerdotes tradicionales de los poblados de las faldas de un volcán, llamados “Graniceros” o “Tiemperos”, poseen esos conocimientos ancestrales y a través de la comunicación que pueden establecer con el Popocatépetl (y otros volcanes) son “avisados” de cualquier cambio inminente en el comportamiento del volcán (Barbosa, 1998). Es así que en 1994 cuando el Popo dio inicio a un nuevo ciclo de actividad, mientras los habitantes de Puebla se sentían profundamente atemorizados al percibir la presencia de una amenaza, los pobladores de las faldas del volcán estaban tranquilos, porque “los Tiemperos” habían comunicado que “no habían recibido señales de Gregorio (el Popocatépetl) que ameritaran la evacuación de los poblados más cercanos” (Barbosa, 1998).

Por otro lado, la visión científica presenta al Popo como un volcán con una compleja historia de actividad eruptiva, la cual lleva a considerarlo como una amenaza natural para los miles de habitantes que pueblan sus faldas y los millones que viven en las llanuras vecinas (cerca del Popocatépetl se han construido grandes ciudades como Puebla y Ciudad de México, ambas a distancias inferiores a los 60 km. al cráter del volcán,  y una cuarta parte de la población de México, cerca de 25 millones de personas, vive dentro de un radio de 100 km. de su entorno).

Figura 3: (A) detalle del Codice Telleriano Remensis (Barbosa, 1998) donde se registra la erupción del Popocatépetl del año 1509; (B) Volcán Popocatépetl, indicando los restos de edificios volcánicos anteriores y el cráter actual; (C) Estratos visualizados en un corte en la ladera de un estratovolcán (las flechas rojas señalan dos estratos correspondientes a episodios eruptivos diferentes).

Conocer la historia  eruptiva de un volcán es uno de los elementos fundamentales para explorar la posibilidad de convivir con él, pero eso no es un aspecto demasiado limitante en este caso, porque “Don Goyo” pertenece a una clase de especial de volcanes: es un estratovolcán. Los estratovolcanes construyen su edificio (la enorme estructura de forma cónica y casi simétrica que los caracteriza, ver figura 3B) a través de una compleja historia eruptiva, en la que pueden presentarse varios tipos de erupciones. En cada uno de estos episodios pueden ser expulsados diferentes materiales que al caer sobre las laderas del volcán van construyendo el edificio volcánico; es así que el material expulsado en cada episodio eruptivo importante es depositado en capas (estratos), los cuales al enfriarse se endurecen construyendo paulatinamente la estructura del volcán y preservando la información relativa a la clase de erupción que dio origen a cada estrato (figura 3C) y al momento aproximado en que ocurrió (en términos relativos las capas más profundas corresponden a eventos más antiguos, mientras que las más superficiales representan eventos recientes; pero existen técnicas de datación más precisas que cubren rangos de tiempo que comprenden desde miles hasta millones de años, útiles para determinar las edades de las rocas desde el momento de su formación). Además de los episodios eruptivos relacionados con la construcción o destrucción del edificio volcánico, éste también es susceptible a ser erosionado por diferentes agentes, a sufrir deslizamientos de sus laderas, recibir depósitos relacionados con eventos asociados al vulcanismo (como por ejemplo lahares, avalanchas en el caso de que exista hielo en la cumbre del volcán, etc.). Estos eventos dejan huellas geológicas y geomorfológicas que permiten conocer parte de su historia, diferentes comportamientos y completar la evaluación de su peligrosidad.

El análisis de las variables geológicas y geomorfológicas mencionadas permite conocer en gran medida la historia del Popocatépetl (prehistoria e historia estrictamente hablando): (a) su actividad se inició hace más de quinientos mil años; (b) esta actividad formó, al menos, tres edificios volcánicos anteriores al actual, los cuales fueron destruidos en eventos extraordinariamente violentos, acompañados de flujos de lava, flujos piroclásticos, derrumbes y deslizamientos, con colapso parcial del edificio volcánico; (c) el volcán más antiguo de esta serie es el Nexpayantla (edad mayor a 400.000 años, que colapsó hace poco más de 50.000 años), seguido por El Ventorrillo (cuyo colapso ocurrió hace unos 23.000 años) y finalmente El Fraile de hace unos 14.500 años (Espinasa, 2012; Muñoz, 2007). Estas erupciones violentas y explosivas están asociadas con la presencia de lavas muy viscosas que se endurecen en el conducto del cráter, obturándolo hasta que la energía y materiales acumulados es tan grande que produce la violenta erupción. El actual Popocatépetl está construido sobre lo que ha quedado de los edificios de estos volcanes y, al estar alimentado por la misma caldera que sus antecesores, podría mostrar un comportamiento similar en el futuro (figura 3B). La última erupción grande del Popo ocurrió en el año 1509 de nuestra era, tal como fue registrada en el Códice Telleriano Remensis (ver figura 3A, Espinasa, 2012), que fue seguida hasta 1927 por una veintena de episodios moderados que incluyen erupciones, fumarolas, emisiones de ceniza, explosiones con emisión de ceniza y pómez y formación de domos de lava en el cráter. Después de ese año se inició un periodo de calma que duró casi 70 años, hasta que en 1994, luego de un incremento de la actividad sísmica y de fumarolas, se produjo una emisión de ceniza importante que motivó la evacuación de varios poblados (Guevara et al, 2003).  Este nuevo ciclo de actividad ha continuado con altibajos durante los siguientes 19 años hasta el presente, con algunos episodios particularmente notables. Por ejemplo, el 30 de Abril de 1996 perecieron 5 alpinistas por una explosión asociada con la destrucción de un domo de lava que se había formado en el cráter del volcán; en 1997, se generó una enorme pluma de ceniza que alcanzó cerca de 8 km. de altura, con caída de cenizas en muchos poblados y ciudades, incluyendo Ciudad de México, lo que motivó que el semáforo de alerta volcánica permaneciera en rojo por varias horas, pero sin que se realizaran evacuaciones ni desalojos (Espinasa, 2012); las cenizas depositadas fueron movilizadas por intensas lluvias, originando flujos de lodo que amenazaron con inundar algunas casas. Durante este nuevo ciclo de actividad ha sido relativamente frecuente la formación y destrucción de domos en el cráter, actividad sísmica volcano-tectónica, emisiones de ceniza y gases, depósitos de flujos piroclásticos de poca longitud, explosiones acompañadas de la proyección de fragmentos y cenizas, erupciones explosivas, desarrollo de lahares, etc. Esta intensa actividad, que ha continuado hasta el presente, sumada a la historia eruptiva del Popocatépetl, no deja lugar a dudas acerca de la amenaza que representa La Montaña que Humea para los millones de personas que habitan el maravilloso paisaje que ha sido parcialmente creado por el mismo volcán. Aceptar el alcance de esta amenaza es, quizás, la parte más difícil para los habitantes de áreas cercanas a Don Goyo al menos por dos razones: por un lado argumentan que durante el tiempo de sus vidas y las de sus familiares “el Popo nunca les ha hecho daños importantes”, al contrario les ha favorecido con buenas lluvias y cosechas; por otro lado, creen que pueden comunicarse con el volcán mediante diversas ceremonias en las que son guiados por sacerdotes tradicionales (los Graniceros o Tiemperos, ver figura 4). Sin embargo, en el entorno del Popo existen evidencias geológicas de flujos de lavas, flujos y oleadas piroclásticas (al menos hasta trece km. de distancia), lahares y crecientes hasta unos 50 km. alrededor del volcán, depósitos de derrumbes gigantes y de avalanchas de escombros que cubren unos 600 kilómetros cuadrados y que se desplazaron hasta una distancia de 70 km. lineales desde su origen, dejando sobre el terreno un volumen de unos 9 kilómetros cúbicos, de tal forma que es uno de los más grandes del mundo (Siebe et al, 1995). El Popocatépetl lleva miles de años construyendo su nuevo edificio, pero su gran altura de 5452 msnm, que lo convierte en la segunda montaña más alta de México, es un indicativo de que está alcanzando el tiempo de finalizar su existencia.

Actualmente existe un sistema de vigilancia de la actividad del Popocatépetl que ha mostrado ser eficiente en diversas ocasiones, de tal forma que los científicos responsables asumen que si el volcán evoluciona hacia una fase que contemple actividad eruptiva a gran escala el sistema reconocerá los elementos precursores con suficiente antelación para tomar medidas preventivas (Reyna, 1998). No obstante, no está claro cuan eficientes pueden ser esas medidas si se toma en cuenta la complejidad planteada por un escenario de erupción explosiva violenta, acompañada con la destrucción del edificio actual del volcán. De acuerdo con análisis geológicos, alguna de las erupciones prehistóricas fue de tal magnitud que sus depósitos, tanto de flujos piroclásticos como de avalanchas y derrumbes, cambiaron completamente el paisaje regional en un radio superior a los 50 km. entorno del actual cráter del Popocatépetl (Siebe et al, 1995).

Figura 4: Los sacerdotes tradicionales (Graniceros o Tiemperos), que poseen el don de establecer comunicación con el volcán, dirigen los rituales en los que las comunidades que pueblan el entorno del Popocatépetl y de Iztaccihuatl presentan sus ofrendas y hacen sus peticiones de lluvias oportunas, buenas cosechas y bienaventuranzas para los habitantes del lugar. Las ofrendas consisten de alimentos (tortillas, mole, tequila, salsa picosa de chile huajillo), frutas, vestimentas e incluso de instrumentos musicales, que se ofrecen al volcán en medio de rezos y bailes (el día tres de Mayo en el Popocatépetl y hacia finales del mes de Agosto en el Iztaccihuatl). Se piensa que la cavidad que se observa en la imagen de la izquierda es “el Ombligo del Volcán”, considerado por algunos creyentes como el Centro del Universo. (Esta información proviene de Alejandro Rivera Domínguez y Hugo de la Cruz, fotos de Francisco Manuel Palma, referencia: http://www.facebook.com/pages/Popocat%C3%A9petl-M%C3%A9xico/200032673450996?fref=ts)

Es probable que decenas de miles de habitantes de diferentes poblados se vean afectados en un escenario como el planteado, número que podría ser mucho mayor si se considera que ciudades como Puebla y Ciudad de México se encuentran localizadas parcialmente dentro del radio de 50 km. mencionado por Siebe et al (1995), posibilidad que es considerada en el Mapa de Peligros del Volcán Popocatépetl (Macías et al, 1995). La situación se torna aún más compleja si se toma en cuenta que, por ejemplo, los intentos de evacuación en ciudades como Puebla se enfrentaron con la dificultad de que sus habitantes se negaron a participar por temor a perder sus bienes personales (Valckx, 2004); o en el caso de la evacuación de poblaciones en la cuenca Chalco-Texcoco, en el que el 87.9% de sus pobladores no acató las recomendaciones porque creen que el volcán no les hará daño o porque no recibieron la orden de evacuación (Fernández et al, 2004). Uno de los problemas que resulta evidente es que la cultura acerca del riesgo y su percepción no es compartida por los científicos y las comunidades, además de que no existe un “lenguaje” común que les permita establecer puentes eficientes entre ambos grupos de personas. Por otro lado, la planificación para implementar medidas de prevención es definida entre las autoridades gubernamentales de una región y los grupos de científicos que evalúan las características de las amenazas y el riesgo, sin participación de las comunidades a las que se “ordenará” acatar esas medidas, a ciegas y sin comprenderlas ni compartirlas.

En una situación como la planteada en los párrafos anteriores pareciera de vital importancia diseñar una estrategia para establecer alguna comunicación eficiente entre los grupos de científicos (que tienen una visión académica, científica y operacional acerca del riesgo asociado con el volcán Popocatépetl), las comunidades amenazadas (dueñas de un imaginario ancestral acerca de un volcán, Gregorio, que nunca les ha hecho daño y les provee de tierras mágicas que enriquecen sus vidas) y unas autoridades gubernamentales (que generalmente no gozan de la confianza de las personas bajo su jurisdicción, a las que exigen fe ciega y obediencia a sus planes). Don Goyo está dando avisos con bastante antelación, pero ya es momento de juntar alcaldes, jefes de organismos de defensa civil, científicos, técnicos, líderes comunitarios, tiemperos y sacerdotes tradicionales para encontrar un vocabulario común que les permita compartir visiones y comprensiones con el fin de alcanzar algunas soluciones.

Referencias:

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-Espinasa, R. (2012). Historia de la Actividad del volcán Popocatéptl, 17 años de erupciones. Centro Nacional de Prevención de Desastres (CENAPRED). Dirección de Investigación. México, D.F. 69p.

-Fernández, A., Rodríguez, D., Glockner, J., Ornelas, A. (2004). Programa de Ordenamiento Ecológico y por Riesgo Eruptivo del Popocatépetl y su Zona de Influencia del Estado de Puebla. Dimensión de Riesgo Eruptivo. Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales. Secretaría de Ecología del estado de México. Centro Universitario para la Prevención de Desastres Regionales. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. 42p.

-Ferrari, L., Orozco, M., Manea, V., Manea, M. (2011). The Dinamic History of the Trans-Mexican Volcanic Belt and the Mexico Subduction Zone. Tectonophisics, Invited Review Paper, in press.

-Frias, H. (1900). Historia de los dos Volcanes, Corazón de Lumbre y Alma de Nieve. Biblioteca del Niño Mexicano. Editorial Maucci Hermanos. México. 15p.

-Gomez, A., Orozco, M., Ferrari, L. (2005). Boletín de la Sociedad Geológica Mexicana, Volumen Conmemorativo del Centenario, Temas Selectos de la Geología Mexicana, tomo LVII, núm. 3, 2005, p. 227-283.

-Guevara, E.,Quaas, R., Castelán, G., Ortíz, J., Vázquez, J., Morquecho, C., Alarcón, A., Martínez, A., Gómez, A., Espitia, G., Alonso, R., Cárdenas, L. (2003). Instrumentación y Monitoreo del Volcán Popocatépetl. Informe Técnico del Centro Nacional de Prevención de Desastres (CENAPRED). Dirección de Instrumentación y Cómputo. ISBN: 970-628-733-7. México, D.F. 102p.

-Huerta, C., Castellanos, J. (2008). Comunicación Integral 6. Editorial Santillana, México, D.F. ISBN 978-970-29-2126-4. 28p.

-Macías, J., Carrasco, G., Delgado, H., Martín, A., Siebe, C., Hoblit, R., Sheridan, M., Tilling, R. (1995). Mapa de Peligros del Volcán Popocatépetl. Instituto de Geofísica. Universidad Nacional Autónoma de México. México, D.F.

-Muñoz, E. (2007). Los Lahares del Popocatépetl: Obtención y Tratamiento de la Información para la Prevención de Riesgos. Tesis Doctoral. Universidad Complutense de Madrid. Facultad de Geografía e Historia. Madrid. 239p.

-Reyna, S. (1998). Evaluación de la Actividad del Popocatéptl y de su Sistema de Monitoreo. Elementos. No 30, Vol. 5. Universidad Autónoma de Puebla. México. pp 20-24

-Siebe C., Abrams M., Macías J. (1995). Derrumbes Gigantes, Depósitos de Avalancha de Escombros y Edad del Actual Cono del Volcán Popocatéptl. En el libro “El Volcán Popocatépetl, Estudios Realizados Durante la crisis de 1994-1995”. Editores: O. Zepeda y T. Sánchez, publicado por el Centro Nacional de Prevención de Desastres y la Universidad Nacional Autónoma de México

-Valckx, A. (2004). Percepción de riesgo volcánico e interpretación de la actividad del Popocatépetl en niños, adolescentes y adultos. Tesis Profesional. Universidad de las Américas. Puebla.Escuela de Ciencias Sociales. Departamento de Psicología. Cholula, Puebla. México.

Internet:

Monitoreo CENAPRED http://www.cenapred.unam.mx/es/Instrumentacion/InstVolcanica/MVolcan/

Web facebook Popocatépetl-México: http://www.facebook.com/pages/Popocat%C3%A9petl-M%C3%A9xico/200032673450996?fref=ts

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Los  terremotos suelen ser inoportunos, dramáticos, inolvidables e impredecibles, lo que les convierte en eventos “novelables” y en un recurso sin igual para resolver situaciones en las que, por ejemplo, la trama de una obra literaria parece no una tener una salida que garantice algún futuro a los personajes involucrados (una ejecución inminente, un matrimonio indeseado pero aparentemente inevitable, etc.). El Terremoto del Jueves Santo de 1812, como se le conoce en Venezuela, es un caso insuperable para ilustrar la afirmación anterior: sobre él han escrito poetas, militares, historiadores, antropólogos, ingenieros, literatos, sismólogos, etc., y no han terminado de hacerlo a pesar de que han transcurrido más de 200 años de este gran sismo del 26 de Marzo de 1812. El momento en que ocurre no pudo ser más especial (inoportuno, dramático, inolvidable e impredecible): recién fundada la primera república de Venezuela e iniciada la guerra de independencia, el día del Jueves Santo de 1812 (justamente dos años después del Jueves Santo de 1810, día en que el Cabildo de Venezuela desconoció la autoridad de España marcando así el fin de la Venezuela colonial y el comienzo de su era republicana) y durante la celebración de la santa misa. Demasiada tentación para que los diferentes bandos y personajes que pugnaban por tomar ventaja de cualquier situación que pudiera favorecer su causa, novelaran, manipularan y versionaran acerca de lo que había ocurrido. En este ambiente fértil a cualquier situación controversial, el Capitán Richard Longueville Vowel (1974) concibe su obra “El Terremoto de Caracas” (primera edición publicada en 1831 por Longman and co; segunda edición del Banco Central de Venezuela en 1974). El momento en que ocurre el terremoto de 1812 en Caracas es el recurso que usa Longueville para romper una de esas situaciones sin salida a las se hizo referencia: uno de los principales personajes de su novela, el capitán Sepúlveda, está prisionero en una cárcel de Caracas y sabe que durante la misa de ese día, Jueves Santo de 1812, se ordenará de monja María del Rosario, quien es el amor de su vida. La novicia ya había sido despojada de sus brazaletes y adornos, la madre superiora se preparaba a cortar la hermosa cabellera de María, cuando sus manos se detuvieron ante un fuerte sonido, semejante a un trueno lejano, que se fue acercando hasta que todos los presentes se dieron cuenta de que estaba ocurriendo un terremoto: La multitud allí congregada quedó a tal punto paralizada por el pánico, que las primeras sacudidas ondulatorias se sintieron claramente antes de que los fieles trataran de huir de la capilla. Al recobrar de súbito el sentido de la realidad, se precipitaron hacia la puerta en frenético arrebato, atropellando a los más débiles y ancianos, así como a los que aún permanecían arrodillados en acto de devoción o penitencia. Sin embargo, la espantable convulsión telúrica alcanzó su grado máximo con tal celeridad, que los muros empezaron a vacilar y el techo a desplomarse antes de que el público hubiera podido salir al aire libre. En medio de los alaridos de los aterrados feligreses de la capilla, que se unían a los de las monjas en el coro; el rugir de aquel trueno subterráneo y el estruendo de las torres que se desmoronaban, Sepúlveda sólo pensó en aquella a quien había estado a punto de perder para siempre. En un desesperado esfuerzo, logró derribar la enrejada cancela y alzó en sus brazos a la desmayada novicia, que yacía inconsciente en su ataúd. Con paso vacilante se lanzó por los tortuosos pasillos, mientras la tierra trepidaba, subiendo y bajando bajo sus pies. Llegó al jardín del convento, precisamente en el instante en que todo el claustro se derrumbó a sus espaldas, convirtiéndose en un montón de escombros. Las espeluznantes vibraciones persistían aún, como si poderosos torrentes se abrieran paso a través de las profundidades abisales. Los fragores se sucedían uno tras otro, al doblegarse los altos edificios bajo aquella formidable sacudida que se extendía hasta el propio centro de la sólida corteza terrestre; y los gemidos de millares de moribundos se mezclaban en horrísono acorde con los clamores de los intimidados sobrevivientes. Nubes de polvo enfoscaban el aire, y el cielo se veía oscurecido por grandes columnas de humo, producidas por las llamas que destruían los techos de paja de las cabañas, las cuales corrieron suerte igual a la de templos y palacios…
…Ni un solo edificio había quedado totalmente ileso, y, a la sombra de iglesias o conventos, yacían sin conocimiento cuerpos destrozados, o se retorcían en los estertores de la muerte. En el centro de plazas y plazuelas se apiñaban grupos de infelices, de diversa edad y posición social; y otros huían sin saber adonde, impulsados por insensata desesperación, para hallar muchos de ellos el funesto destino que temían, al pasar frente a muros tambaleantes que se venían abajo a la menor sacudida.”
Longueville (1974) también narra en su novela lo que pasó luego del terremoto de 1812, incluyendo la guerra y sus protagonistas, aclarando que sus escritos se fundamentan en acontecimientos de los que fue testigo o de los que recibió información de su absoluta confianza. A pesar de que el inglés participó en la guerra de  independencia en calidad de lugarteniente de un regimiento de lanceros venezolanos (Salinas, 2008) y de que podría ser considerado hasta cierto punto como un testigo interesante, sus escritos han sido casi ignorados como elementos para conocer la historia de esos días. Quizás por su forma literaria de novela o de historia novelada, los estudiosos del tema le han dado muy poco valor como “dato” o información al contenido de la obra de Longueville, mientras que a otros escritos, con un formato mas académico, pero elaborados sin información documental confiable, que reflejan  principalmente la interpretación y los intereses de sus autores, se les ha considerado como fuentes importantes para estudiar este terremoto. La realidad es que acerca del sismo más importante de Venezuela casi no existe ese elemento que se conoce como información objetiva, probablemente porque cada uno de los protagonistas o testigos cercanos al momento del terremoto escribieron sobre él como representantes de diversos grupos sociales (políticos, económicos, religiosos, etc.) que “versionaron” lo ocurrido de acuerdo a la mejor conveniencia de sus representados, o escribieron como poetas o literatos dando rienda libre a su imaginación, creencias y preconcepciones, o no fueron testigos y simplemente construyeron su propia historia basada probablemente en las “novelas” que otros les contaron. En otras palabras, acerca del terremoto del 26 de Marzo de 1812 solo se dispone de “novelas” como información de primera mano, de tal forma que la interpretación posterior (científica) necesariamente tendrá un valor relativo dependiente de la rigurosidad con la que cada autor intente construir su propia versión de lo ocurrido y de su capacidad para comprender que sus resultados tienen como fundamento un conjunto de narraciones casi irreconciliables acerca de lo ocurrido ese Jueves Santo de 1812. Lo dicho aquí puede parecer una exageración, pero es muy fácil ilustrarlo con múltiples casos de “testimonios” de personas que supuestamente presenciaron lo ocurrido, o dispusieron de información de primera mano. Por ejemplo, en el Tomo Primero de las Memorias del General Daniel Florencio O´Leary (1952), éste escribe “A 120.000 ascienden, según datos, las víctimas del terremoto en Venezuela” (este “dato” aparece como error en una edición de las memorias de O’Leary, pero no hemos encontrado esa edición). Manuel Palacio Fajardo (1953) señala que “El 26 de Marzo de 1812, entre las cuatro y las cinco de la tarde se produjo en Venezuela uno de estos espantosos terremotos que de tiempo en tiempo azotan esas regiones… Este terrible cataclismo causó la muerte de cerca de veinte mil personas”. Parra Pérez (1959) culpa al Terremoto del Jueves Santo de 1812 de algo más que víctimas y daños materiales al escribir que “La terrible catástrofe del terremoto del 26 de Marzo completó la destrucción del edificio político de Venezuela, enterrando bajo las ciudades de Caracas, San Felipe, Barquisimeto, Mérida y el Puerto de La Guaira a más de doce mil personas…”. Mención especial merece el testimonio de Luis Delpech, quien fue testigo del terremoto de 1812 y autor de una relación considerada la más completa y detallada acerca de este desastre. En la transcripción de ese texto (Rosas Marcano, 1962) se puede leer que “Este corto espacio de tiempo (se refiere a la duración del terremoto) fue suficiente para derribar de arriba abajo la Ciudad de Caracas. Más de otras treinta ciudades, las casas de campaña, los numerosos establecimientos extendidos sobre la superficie de esta deliciosa provincia, en un instante todo fue destruido en una extensión de trescientas millas. Noventa mil personas cesaron de vivir y millares huyeron horriblemente heridos.” Curiosamente, este documento de Luis Delpech es citado por Humboldt (aunque lo referencia como perteneciente a M. Delpech, 1991), pero no menciona la cifra de noventa mil muertos en Venezuela sino que escribe que “La ciudad de Caracas fue volcada de arriba abajo. Millares de habitantes (entre nueve y diez mil) fueron sepultadas bajo las ruinas de las iglesias y las casas” (Humboldt, 1991). Es poco probable que este gran naturalista cambiara esa parte del texto de Delpech sin mencionarlo, de tal forma que solo queda la opción de que el manuscrito que llegó a sus manos ya había sido corregido por el mismo Delpech. En este sentido llama la atención que en la misma trascripción de Rosas Marcano (1962), se menciona que la cifra de noventa mil personas fallecidas en Venezuela fue cambiada por la de doce mil fallecidos, luego de ser “revisada”. Este gran enredo de cifras de fallecidos en Venezuela, producto de la novela personal de cada autor y sus circunstancias, también está presente en las cifras de muertes por ciudades, en el grado de destrucción de cada población, en los efectos sobre el paisaje y el ambiente y en varios aspectos más, que sería muy largo describir. Por ejemplo, acerca de la ciudad de Caracas se conocen al menos trece cifras diferentes de muertes por el terremoto de 1812, que varían entre 30.000 y 1000 víctimas, cifras que fueron compiladas por Altez (2006) y a las que se podrían agregar la cifra de 12.000 fallecidos mencionados por Boussingault en sus Memorias (1974), como resultado (según él) de sumar el número de fallecidos durante el terremoto (9000 a 10.000) más los heridos que murieron en los momentos posteriores; y las más de 20.000 víctimas reportadas por Eastwick (1959). Además, Altez (2006) propone otras cifras más para el número de fallecidos en Caracas, pero calculadas por este autor usando datos parciales y extrapolaciones.

El lector puede pensar que todas estas novelas son el fruto de errores producidos por la conmoción del momento, la magnitud del evento y el caos de la guerra; pero es claro que muchos de esos “errores” no fueron tales y que hubo una intención tras ellos. Esto lo ilustra muy bien una de las situaciones que se presentó en la ciudad de Mérida (figura 1), que era una ciudad patriota que perdió a su obispo, el Ilmo. Sr. Dr. Santiago Hernández Milanés, a causa del terremoto.

Figura 1: Don Tulio Febres Cordero, a la izquierda. A la derecha un plano de la Ciudad de Mérida para la época del Terremoto del Jueves Santo, indicando las principales edificaciones dañadas por el sismo.

Luego de la muerte del Obispo de Mérida, quedaron como principales autoridades eclesiásticas el Lic. Francisco Xavier de Irastorza (Dignidad de la Santa Iglesia Catedral, Comandante Civil y Militar de la Provincia de Mérida, al servicio de su Majestad Felipe VII Rey de España) y el Sr. Canónigo Mas y Rubí, quienes eran  leales a la corona española. Estos dos personajes, que eran uno español y el otro de Maracaibo, odiaban a Mérida por haber acogido la causa revolucionaria y estaban empeñados en mudar la Diócesis de Mérida para la ciudad de Maracaibo. Para ellos el Terremoto del Jueves Santo de 1.812, junto con el hecho de que las autoridades civiles de la ciudad andaban huyendo de las fuerzas realistas, representaba la gran oportunidad de conseguir sus objetivos. En efecto, en una sesión del Cabildo Eclesiástico celebrada el 30 de Junio de 1.812 y presidida por  Irastorza en la población de Lagunillas, se aprobó el traslado a Maracaibo de la Catedral, Seminario y Convento de Mérida (Silva, 1909). La justificación de esta decisión reposaba en la supuesta destrucción total de la ciudad y la inconveniencia de volver a construirla en un lugar tan peligroso. Irastorza dictó un decreto donde se condenaba a la excomunión a cualquier persona que argumentara o actuara en contra de esta resolución. Esta medida era válida también para aquellos que pretendieran reedificar las casas o edificios dañados, con el argumento de que la mesa donde se asentaba la ciudad estaba tan averiada que representaba un inminente peligro para sus habitantes. La amenaza de excomunión no resultó suficiente y es así que el Canónigo Racionero Mas y Rubí mandó a encarcelar y engrillar a Don Ignacio Pereira, vecino honorable que se atrevió a efectuar reparaciones en el convento de las Reverendas Clarisas (Silva, 1909), el cual había resultado averiado en el terremoto (totalmente destruido según  informes “oficiales”) y en donde continuaban habitando la mayoría de las monjas (Febres, 1901) a pesar de la supuesta destrucción. Transcurrió cerca de un año sin que en Mérida se emprendieran labores de reconstrucción, en parte por temor a represalias y también por el sin número de acciones en contra de la ciudad que acometieron Irastorza junto con Mas y Rubí ante las autoridades eclesiásticas y civiles. La ciudad fue tomada por los realistas, obligando a huir a casi todas sus autoridades y personas importantes, de tal forma que nadie decía o escribía nada sobre el terremoto que pudiera contrariar a las nuevas autoridades. En 1931 Don tulio Febres Cordero (figura 1) publicó su “Archivo de Historia y Variedades” (ver referencias), donde presenta el primer catálogo regional de sismos venezolanos (Cronicón Sísmico de Los Andes Venezolanos) y aportó información valiosa acerca del Terremoto del Jueves Santo. Por ejemplo, explicó que el templo de San Francisco, donde murieron la mayoría de las víctimas merideñas del terremoto, era ya  una edificación casi arruinada al momento del sismo (según Don Tulio este templo había sido afectado y deteriorado por varios temblores ocurridos en el año de 1.786, los cuales afectaron además otras edificaciones de la ciudad de Mérida). Este investigador analizó las técnicas constructivas predominantes en la ciudad para 1812, realizó un análisis comparativo con lo que pasó en Mérida en el Gran Terremoto de 1894 y concluyó que los daños de 1812 estaban más asociados con la pésima calidad constructiva que con la “fuerza” del terremoto. En base a lo que había observado, Don Tulio escribió (1931) recomendaciones acerca de cómo construir viviendas más seguras en Mérida y defendió la idea de que sus terrenos eran aptos para el desarrollo de la ciudad. Un dato curioso es que la afirmación de que “la mesa donde se asentaba la ciudad estaba tan averiada que representaba un inminente peligro para sus habitantes” se fundamentaba en los testimonios de dos viajeros británicos, Richard Bache y William Duane, quienes visitaron la región de Mérida entre los años 1822 y 1823. Bache (1982) escribió que “Cerca de la ciudad de Mérida se ve una profunda grieta, ocasionada por la misma convulsión telúrica que derribó casas y edificios”, mientras que Duane (1968), quien también mencionó la grieta, escribió además alguna información acerca de su forma, tamaño y localización. Lo dicho por estos caballeros recibió mucha atención en ese entonces, en parte porque se pensó que sus testimonios eran imparciales e independientes. No existe nada que haga dudar de su imparcialidad, pero sí de su independencia: Richard Bache era hijastro de William Duane y viajaban juntos, en compañía de la hija de este último (Barnwell, 2006). No obstante, los partidarios de mudar a Mérida tomaron este testimonio como evidencia del grave daño ocasionado por el Terremoto del Jueves Santo al abanico-terraza en donde se localiza la ciudad, mientras que los partidarios de reconstruirla en el mismo sitio nombraron una comisión que recorrió el lugar para constatar la inexistencia de la famosa grieta. Laffaille y Ferrer (2002) realizaron un recorrido similar al de la mencionada comisión, encontrando un deslizamiento que aproximadamente cumple con la descripción de Duane (1968), pero no existe evidencia alguna que permita vincular a este movimiento de masas con el terremoto de 1812, evidencia que tampoco tuvieron los británicos (ver figura 2).

Figura 2: Vista aérea del talud sur de la Ciudad de Mérida, indicando el movimiento de masas que concuerda, aproximadamente (Laffaille y Ferrer, 2002) con la descripción de “la Grieta” mencionada por Duane (1968). Es probable que este viajero británico viera este lugar desde el Camino de San Jacinto, que comunicaba a  Mérida con otros poblados (como La Villa de Ejido, El Morro y otros pueblos del sur).

En ese siglo XIX, cuando ocurrieron estos acontecimientos, las teorías acerca del origen de los terremotos eran muy confusas y apenas se comenzaba a vislumbrar su relación con la naturaleza. No es sino hasta el siglo XX que se dispone de unas primeras herramientas teóricas y metodológicas para estudiar los terremotos como fenómenos naturales. Es con esas herramientas que los estudiosos tuvieron que procesar los “datos novelados”, para obtener “resultados objetivos” y comprender al Terremoto del Jueves Santo de 1812. Por supuesto que surgieron diversas hipótesis acerca del origen y las principales características de este sismo (tamaño, localización y fuente del evento), las cuales dependieron sensiblemente de la forma como cada autor seleccionó y evaluó la información disponible, así como también de sus preconcepciones acerca de este evento y lo ocurrido. Centeno (1940) presenta dos modelos acerca del origen del Terremoto del Jueves Santo, los cuales justificó en función de su interpretación de los efectos reportados. En un primer modelo propone que este terremoto es de origen tectónico y que “tuvo varios focos de dislocación simultáneamente activos”: uno en el Mar Caribe, entre Los Roques y la costa de La Guaira, que destruye Caracas y La Guaira; otro frente a San Felipe, Barquisimeto y El Tocuyo (ciudades destruidas); y un tercer foco al sur del Lago de Maracaibo, responsable de la destrucción de Mérida. Este mismo autor, plantea otro modelo en el catálogo que acompaña a su libro (Centeno, 1940): dos movimientos simultáneos, uno en la Cordillera Andina con foco en la misma cordillera o en el sur del Lago de Maracaibo o en el Golfo de Venezuela; un segundo movimiento en la Cordillera de la Costa (en el segmento entre Cabo Codera y Barquisimeto) con foco en el Mar Caribe. Centeno da a entender que sus modelos son suposiciones, quizás sin imaginar que esas “suposiciones” suyas marcarían de alguna forma las discusiones y análisis que siguieron. Por ejemplo, la mayoría de los autores adoptó la idea de “simultaneidad”, pero sin justificativo alguno, ya que no se conoce la hora exacta en que ocurrieron los hechos que afectaron cada población y no hay forma de conocerla: los testimonios no son precisos al respecto y la forma de establecer “el tiempo” en ese entonces no garantizaba exactitud. En primer lugar, en Venezuela casi no existían relojes en 1812 y los pocos que habían, como el de la Catedral de Caracas, eran calibrados usando el sol del mediodía como referencia y pasaban mucho tiempo dañados; en segundo lugar, la subdivisión del tiempo durante el día se hacía en función de siete momentos del culto divino, conocidas como “horas canónicas” (Solórzano, 1998), las cuales no se relacionan con una hora cronológica particular y eran anunciadas con toques de campana (por ejemplo, la hora PRIMA se vincula con la salida del sol y comprende aproximadamente las tres primeras horas iluminadas del día). Como se comprenderá, con este sistema es extremadamente difícil, casi imposible, que ciudades distintas y distantes funcionen de acuerdo a una misma base de tiempo (ni siquiera en la misma Caracas se lograba esto, ya que había parroquias donde no era fácil escuchar las campanadas de la catedral). Es de notar algo curioso: en Caracas existía la costumbre de que a las tres de la tarde del Jueves Santo, luego que se hacía seña con todas las campanas, el relojero de la catedral subía a la torre y detenía el reloj.  Este ritual era conocido como “La Muerte de las Horas” (Solorzano, 1998) y hasta el Sábado de Gloria no corrían mas las horas ni se escuchaban las campanas (este ritual pone en duda la única “certeza” acerca del Terremoto del Jueves Santo: supuestamente el terremoto detuvo el reloj a las 4:07 pm.). Continuando con los estudios acerca del Terremoto del Jueves Santo, Gunther Fiedler, sismólogo alemán que llegó a Caracas en 1955, concordó con Centeno en su idea de tres focos para el evento de 1812, pero considera la posibilidad de sismos diferentes, uno de los cuales pudo actuar como disparador de los otros dos (Fiedler, 1961). Este pionero alemán de la sismología moderna en Venezuela da un paso más al vincular a estos eventos con una fuente particular, la falla transcurrente de Boconó, que “se fracturó por unos 30 a 40 Km cerca de su límite noreste” (estos valores no tienen soporte en evidencias físicas ni documentales). Fiedler (1972) propone además una nueva hipótesis: dos sismos simultáneos en Caracas y Mérida que ocasionaron una fractura de la Falla de Boconó, situación que tuvo su manifestación en un tercer terremoto instantes después: el “Gran Terremoto de San Felipe” como él mismo le llama. Fiedler plasmó sus hipótesis y su interpretación de lo ocurrido en un mapa de intensidades de estos eventos (similar a los mapas topográficos de curvas de nivel, que representan los lugares geográficos que se localizan a una misma altura, pero en este caso las curvas corresponden a los lugares geográficos en los que un terremoto es “sentido” con la misma  intensidad).  En cambio, Cluff y Hansen (1969) plantean  una hipótesis radicalmente diferente: El Terremoto del Jueves Santo de 1812 (o Terremoto de Mérida como ellos le llaman) fue un solo evento, de magnitud cercana a los 8 grados, causado por un movimiento que involucró 350 km. de la Falla de Boconó aproximadamente (no existe ninguna evidencia física ni documental que sustente ese valor). Estos autores justifican su modelo considerando que no existen reportes precedentes de terremotos multifocales o conjuntos de terremotos simultáneos en una misma falla y que los “datos” acerca de daños y víctimas en 1812 deben estar afectados por carencia de información histórica o diferentes condiciones del suelo entre los sitios reportados. En 1997 Altez (2005) presentó un nuevo mapa de isosistas del evento de 1812, basado en su interpretación de los testimonios existentes, que lo llevó a postular en 1998 (Altez, 2005) que en 1812 ocurrieron dos terremotos. Uno de estos sismos fue un evento múltiple (varios eventos simultáneos), con un epicentro macrosísmico en la región de Barquisimeto-San Felipe y otro en la zona Caracas-La guaira, con epicentro en el Mar Caribe (los epicentros macrosísmicos son los lugares geográficos donde se reportan los daños más intensos). El segundo terremoto ocurrió en los andes, cerca de la ciudad de Mérida y este autor establece que el sismo de Caracas-Barquisimeto se presenta al comienzo de la misa del Jueves Santo en Caracas, mientras que el de Mérida lo hace al final de la misma. Entonces, bajo el supuesto de que ambas misas comenzaron a la misma hora (Altez, 2006), los sismos de Mérida y de Caracas-Barquisimeto debieron ser eventos diferentes, ocurridos en momentos diferentes.  Choy et al (2010) usando intensidades publicadas acerca del Terremoto de Jueves Santo de 1812, aplicaron un método de análisis que, a partir de las suposiciones de que en Caracas-La Guaira y San Felipe-Barquisimeto hubo dos terremotos diferentes y de que estos terremotos tuvieron como fuentes dos fallas conocidas (las Fallas de Boconó y de San Sebastián), determinaron los epicentros macrosísmicos de estos sismos y sus magnitudes (7.1 en la región de Caracas y 7.4 en San Felipe).

Como se puede apreciar, los capítulos de la novela acerca del Terremoto del Jueves Santo de 1812 no han sido terminados todavía, a ciencia cierta no se ha demostrado nada sobre este terremoto y quizás nunca sabremos que pasó realmente en aquellos lejanos días. Mientras tanto hay que seguir atentos…seguramente esta novela es de esa clase en las que al final de cada entrega aparece el letrerito “CONTINUARÁ”.

Referencias:

-Altez, R. (2005). Los sismos del 26 de marzo de 1812 en Venezuela: nuevos aportes y evidencias sobre estos eventos. IMME . 2005, vol.43, n.2, pp. 11-34 . ISSN 0376-723X.

-Altez, R. (2006). El Desastre de 1812 en Venezuela. Publicaciones UCAB. Fundación Polar. Caracas. Venezuela. 515 p. ISBN 980-244-468-5.

-Bache, R. (1982) La República de Colombia en los años 1822-23. Notas de viaje (con el itinerario de la ruta entre Caracas y Bogotá y un apéndice). Instituto Nacional de Hipódromos, Caracas.

-Barnwell, D. (2006). William Duane and his Visit to Colombia of 1823. Irish Migration Studies in Latin America, Vol. 4, No. 2. 5p. Irlanda.

-Boussingault, J. (1974). Memorias. Tomo II. Ed. Centauro, J. A. Catalá Editor, Caracas, 280p.

-Centeno, M., (1.940). Estudios Sismológicos. Litografía del Comercio, Caracas, Venezuela.

-Choy, J.E., Palme, C., Guada, C., Morandi, M. & Klarica, S., (2010). Macroseismic interpretation of the 1812 earthquake in venezuela using intensity uncertainties and a priori fault-strike information, Bull. seism. Soc. Am., 100, 241–255.

-Cluff, L.; Hansen, W. (1969). Seismicity and Seismic Geology of NorthWestern Venezuela. Volume II. Informe Técnico presentado ante la Compañía Shell de Venezuela.

-Duane, W. (1968) Viaje a la Gran Colombia en los años 1822-1823 (de Caracas y La Guaira a Cartagena). Instituto Nacional de Hipódromos, Caracas.

-Eastwick, E. (1959) El Sismo de 1812. Tipografía Vargas S.A. Caracas. Venezuela

-Febres Cordero, T. (1.931). Archivo de Historia y Variedades. Editores Parra León Hnos. Tomo II, Caracas, Venezuela. 398 p.

-Fiedler, G. (1961) Áreas Afectadas por Terremotos en Venezuela. III Congreso Geológico Venezolano.  pp 1781-1810. Caracas. Venezuela.

-Fiedler, G. (1972). La liberación de Energía Sísmica en Venezuela, Volúmenes Sísmicos y Mapa de Isosistas. IV Congreso Geológico Venezolano. pp 2441-2462. Caracas. Venezuela

-Humboldt, A. (1991) Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente. Tomo III. Monte Ávila Editores. ISBN 980-01-0074-1. Caracas. Venezuela.

-Laffaille, J.; Ferrer, C. (2.002) Influencia de los Movimientos de Masa en la Determinación del “Tamaño” y Localización de los Grandes Terremotos Andinos. Memorias de las Terceras Jornadas de Sismología Histórica. FUNVISIS-Ministerio de Ciencia y Tecnología. Serie Técnica No 1-2002. Caracas. 215-218

-Longueville, R. (1974) El Terremoto de Caracas. Narraciones de Venezuela. Banco Central de Venezuela. Colección Cuatricentenario de Caracas. ID OL5269151M

-O’Leary, D (1952) Memorias del General Daniel Francisco O’Leary. Tomo Primero. Imprenta Nacional. Caracas. Venezuela.

-Palacio,M. (1.953) Bosquejo de la Revolución en la América Española. Publicación de la Secretaría General de la Décima Conferencia Interamericana. Colección Historia No.3. Caracas. 320p

-Parra, C. (1959) Historia de la Primera República de Venezuela. Academia Nacional de la Historia. Sesquicentenario de la Independencia. Caracas. Venezuela. p 466-486.

-Rosas, J. (1.962) El Terremoto del Jueves Santo. Instituto Venezolano de Investigaciones de Prensa. Facultad de Humanidades y Educación. Universidad Central de Venezuela. Caracass. 26 p.

-Salinas, L. (2009).Afinidades y Diferencias de dos Periodistas Literatos del Siglo XIX: Mariano José de Larra y Ricardo Palma. Universidad Complutense de Madrid. Tesis Doctoral. Página 148. ISBN 978-84-692-1114-4. Madrid. España.

-Silva, A. (1909). Documentos para la Historia de la Diócesis de Mérida. Tomo II. Imprenta Diocesana. Caracas. Venezuela.

-Solórzano, K. (1998). Se Hizo Seña. Medición y Percepción del Tiempo en el Siglo XVIII Caraqueño. Editorial Planeta Venezolana SA. Colección Premio de Historia. 254 p.

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admin on diciembre 3rd, 2012

Parte de la historia oficial del Japón se encuentra en unos libros muy antiguos denominados “Nihon Sandai Jitsuroku (La Historia Verdadera de los Tres Reinos de Japón)”, que fueron compilados durante los años 794 al 1192 (1). En sus páginas se encuentra la narración de un terremoto y de un tsunami gigantes, conocido como el Terremoto Jogan,  “que sacudieron severamente las tierras de Mutsu no kuni (provincia de Mutsu) en el año 869 dc, inundando el mar cientos de bloques de tierra donde murieron ahogadas como 1000 personas”.  Según esa historia, “en el día 26 del quinto mes (9 de Julio del año 869) ocurrió un terremoto muy grande en la provincia de Mutsu, acompañado de una luz extraña en el cielo. La gente gritaba y lloraba, cayendo al suelo de donde ya no pudo sostenerse en pie. Algunos murieron atrapados bajo los edificios que colapsaron y otros por las tierras que se derrumbaron. El ganado corría como loco sorprendido y dando vueltas, ocasionándose heridas entre ellos mismos. Enormes edificaciones, almacenes, puertas y murallas fueron destruidos. Entonces el mar comenzó a rugir como cuando se produce una tormenta grande, su superficie se elevó y enormes olas atacaron la tierra causando estragos como pesadillas que muy pronto alcanzaron el centro de la ciudad. Las olas se esparcieron sobre miles de metros desde la playa y no era posible ver el tamaño de la zona devastada. Los campos y caminos quedaron completamente hundidos en el mar y cerca de mil personas murieron ahogadas o porque no pudieron escapar lejos de la costa o no pudieron mantenerse arriba de las olas. Todas las plantaciones y cultivos fueron arrasados” (2). La provincia de Mutsu es una antigua región de Japón que corresponde hoy día a las prefecturas de Miyagi, Fukushima, Iwate y Aomori, incluyendo las llanuras de Ishinomaki y poblaciones como Sendai en la costa oriental de la región de Tohoku. Datos geológicos y estratigráficos estudiados en más de 400 puntos de estas localidades permiten concluir que han sido afectadas, además, por varios tsunamis gigantes prehistóricos que ocurrieron en los anteriores 2500 años, lo cual reduce notablemente los periodos de retorno de esta clase de eventos para esta región (2). Estos nombres  y lugares resultan muy familiares actualmente porque fueron  escenario del terremoto y tsunami de Japón del año 2011, que dejó como saldo más de 20000 fallecidos, miles de heridos, millones de dólares en pérdidas y un desastre tecnológico-nuclear de proporciones aún desconocidas, donde cientos de miles de personas han sido afectados de manera directa y de múltiples formas. La costa nororiental de Japón ha sido golpeada en tiempos históricos por otros terremotos  y tsunamis gigantes (figura 1), tales como el terremoto de Keicho (día 2 de Diciembre de 1611), ocasión en que murieron cerca de 2000 personas y la región resultó devastada por un tsunami cuyas olas alcanzaron casi 20 m. de altura (en la descripción de este terremoto se usó por vez primera el término “tsunami” en un periódico de 1612 (2));  el terremoto de Meiji Sanriku (Junio 15 de 1896), acompañado de un tsunami cuyas  olas superaron los 38 m. de altura y destruyeron más de 9000 edificaciones, ocasionando la muerte de  22000 personas; o el terremoto de Sanriku del 2 de Marzo del año 1933, seguido de un tsunami cuyas olas de 28 m. destruyeron más de 7000 edificaciones y causaron la muerte de 3000 personas aproximadamente.

Figura 1: Placas tectónicas que chocan en la región norte de Japón. Solo se representan las plantas nucleares de la costa nororiental (la planta nuclear de Fukushima se indica con la letra F). Es de notar la forma de la línea de costa en la zona de Sendai, que favorece la acción del mar y puede ser un indicio geomorfológico de la acción de pasados tsunamis.

En 1972 el profesor Hiroo Kanamori, de la Universidad de Tokyo y autoridad mundial en sismología, estudió detalladamente los terremotos de Meiji Sanriku (1896) y de Sanriku (1933) porque consideró que la altura de las olas de los tsunamis gigantes asociados a estos terremotos era anormalmente alta (4), llegando a la conclusión de que esta clase de eventos, a los que denominó “tsunami terremotos”, ocurren en condiciones muy particulares que solo se han observado en dos regiones del mundo: en las Islas Aleutianas y en Sanriku, frente a la costa nororiental de Japón. En el año 2001 un equipo de investigadores (5) abordó la tarea de estudiar el área afectada por el tsunami del año 869, usando datos geológicos y estratigráficos recabados en la región de Sendai, con la finalidad de conocer el alcance real de este evento y estimar cada cuanto tiempo (periodo de retorno) un tsunami terremoto gigante podría afectar esta región. En su estudio obtuvieron información acerca del terremoto Jogan del año 869, del terremoto Keicho de 1611 y de varios tsunami terremotos gigantes que afectaron la región en tiempos prehistóricos, concluyendo que “la probabilidad de que un tsunami gigante golpee las llanuras de Sendai es alta. Los resultados numéricos de esta investigación indican que un tsunami similar al Jogan del año 869 podría inundar la llanura costera actual hasta una distancia de aproximadamente 3 km tierra adentro” (5). Trágicamente estas conclusiones  resultaron proféticas: el 11 de Marzo del año 2011 se produjo el terremoto gigante de Tohoku y el mega tsunami que arrasó las costas de las prefecturas de Iwate, Miyagi, Fukushima y las poblaciones de las llanuras de Sendai (figura 2).

Figura 2: Vista parcial de la región de Sendai. La línea de arrobas rojas representa estudios geológicos estratigráficos donde se localizaron trazas y depósitos de terremotos gigantes (históricos y prehistóricos), en más de 400 puntos de observación (6). No hay manera de comprender objetivamente la diferencia entre la línea del mapa de riesgo y lo que se deduce de la información conocida desde hace ya muchos años.

Las voces de diversas personas calificadas han llamado la atención acerca del tema de los tsunamis gigantes que pueden afectar la costa oriental y nororiental de Japón, pero sus palabras e información fueron despreciadas (y acalladas) tanto por funcionarios de entes gubernamentales como por personal de la comisión de energía nuclear de Japón y directivos de la industria. Resulta emblemático el caso del sismólogo Katsuhiko Ishibashi (7), quien fue mencionado públicamente como un “don nadie”, “un aficionado”, pero quien luego de dos décadas advirtiendo acerca del riesgo existente (particularmente en referencia a la situación de las plantas nucleares (8)) ha visto como se materializaron sus temores (paradójicamente Katsuhiko Ishibashi es el único sismólogo entre los miembros principales de The National Diet of Japan Fukushima Nuclear Accident Independent Investigation Commission (9)). Un trato igual, o peor, recibieron habitantes de las zonas expuestas a la acción de los tsunami terremotos cuando se atrevieron a manifestar públicamente sus temores.

El resumen ejecutivo elaborado por esta comisión (8) contiene algunos elementos realmente importantes (y sorprendentes) que no es posible discutir en este pequeño espacio, pero vale la pena mirar algunos. Por ejemplo, la diferencia de tiempo entre la hora origen del terremoto y la llegada del tsunami a la costa de Japón es un dato poco claro: en diferentes documentos varía desde “unos minutos más tarde”, pasando por media hora, una hora y “horas después”. En el resumen de la comisión  (página 13, (9)) se cita como hora oficial del terremoto las 14:46 y como hora de llegada del pico de olas tsunami a la planta nuclear las 15:37 (primera ola que superó las defensas de la costa de Sundai y Fukushima). Este dato es de extrema importancia, porque implica una diferencia de 51 minutos entre ambos eventos, tiempo en que una persona, caminando alejándose de la costa al sentir el terremoto, puede salir de la zona que histórica y prehistóricamente ha sido afectada por los tsunamis gigantes (figura 2). Sin embargo, decenas de videos acerca de este evento muestran habitantes sorprendidos ante la enorme energía del mar penetrando tierra adentro y arrastrando todo a su paso (incluyendo casas de madera, barcos, aviones, vehículos, etc., cuya presencia indefensa en la zona de máximo impacto de tsunamis resulta paradójica en el país de los tsunamis). Existen evidencias (al menos desde 1854, figura 3) de que la cultura popular del pueblo japonés contemplaba  normas de comportamiento ante tsunamis, activadas usando como alerta temprana la llegada a tierra firme de las primeras sacudidas del terremoto.

Figura 3: El artista Furuta Eisho (3), testigo del tsunami que arrasó el pueblo de Haro en 1854, representó lo ocurrido en ese entonces en una obra donde destaca la manera en que los habitantes se ponían a salvo caminando hacia lugares altos cercanos al poblado (line of fleeing villagers).

Es probable que intereses de diversa índole (políticos, económicos, etc.) vinculados a la industria nuclear, impulsaran a gobernantes, directivos de empresas y de las comisiones reguladoras a minimizar el nivel de riesgo de la zona (figura 2, diferencia entre el contenido del mapa de riesgo y lo que se deduce de la información conocida), con la finalidad de evitar acciones dirigidas en contra del desarrollo y proliferación de plantas nucleares. En ese empeño, no solo borraron parte de esa cultura  sino que también despreciaron el trabajo de los excelentes científicos japoneses que llamaron la atención acerca del riesgo inminente, considerados mundialmente como autores de primer nivel. En otras palabras, se construyó un desastre al localizar poblaciones y sus infraestructuras vulnerables sobre suelos formados parcialmente por sedimentos de tsunamis gigantes del pasado (figura 2). Llama la atención que la comisión de alto nivel conformada para documentar las razones de lo ocurrido en Marzo del 2011 (9), considere que los efectos del terremoto y tsunami en las poblaciones afectadas configuren “desastres naturales” (la naturaleza es la culpable), mientras que solo le dan el carácter de “desastre fabricado por el hombre” a lo ocurrido en la planta nuclear de Fukushima. En efecto, en el mensaje introductorio de su resumen ejecutivo (9) se puede leer lo siguiente: “El Terremoto y Tsunami de Marzo 11, 2011, fueron desastres naturales de una magnitud tal que conmocionaron al mundo entero. Aunque desencadenado por estos eventos cataclísmicos,  el subsiguiente accidente en la Planta Nuclear de Fukushima Daiichi no puede ser considerado como un desastre natural. Este fue un desastre fabricado por el hombre” (traducción libre).

Los desastres no son naturales, construir ciudades, aeropuertos, carreteras, infraestructuras vulnerables sobre los dominios de acción de amenazas naturales conduce a crear un escenario de desastre que es tan fabricado por él hombre como el de la planta nuclear de Fukushima. Penosamente el argumento de afirmar que lo ocurrido fue algo inesperado (un cisne negro), que superó todas las expectativas, se ha convertido en la excusa ideal de los políticos, funcionarios, comisionados y gobernantes que “asumen riesgos de fabricar escenarios de desastres”, que nunca les afectan porque pueden elegir habitar espacios seguros, y así son las comunidades y la ciudadanía quienes sufrirán los efectos de tales eventos, aunque nunca se les consulta acerca de si están de acuerdo en asumir esos riesgos.

Referencias:

-(1)  The Daily Yomiuri http://www.yomiuri.co.jp/dy/national/T110611002697.htm

-(2) Masanobu Shishikura (2012) Lessons from Earthquake Research in the Past. Lecture Note from APEC-Tsukuba Conference Mathematical Modeling and Problem Posing on Earthquake andTsunami: Scientific Researches for the Disaster (http://www.criced.tsukuba.ac.jp/math/apec/)

-(3) “Kuwagasaki”. The Orphan Tsunami of 1700—Japanese Clues to a Parent Earthquake in North America. USGS. p. 36-49. Retrieved 28 November 2011.

-(4) Kanamori, H. (1972) Mechanism of Tsunami Earthquakes. Physics  Earth Planetary Interiors 6, 346-359. North Holland Publishing Company, Amsterdam. Printed in Netherlands.

-(5) Minoura, K.; Imamura F., Sugawara D., Kono Y. & Iwashita T. (2001). “The 869 Jōgan tsunami deposit and recurrence interval of large-scale tsunami on the Pacific coast of northeast Japan”. Journal of Natural Disaster Science 23 (2): 83–88. Retrieved 12 March 2011.

-(6) Kenji Satake (2011) The Great Off Tohoku Earthquakeof 11 March 2011. Open Forum “Natural Hazards: From Risk to Opportunity by Partnership of Science and Society”. 29 June – 2 July 2011 at the XXV General Assembly of the International Union of Geodesy and Geophysics in Melbourne, Australia.

-(7) http://www.bloomberg.com/news/2011-11-21/nuclear-regulator-dismissed-seismologist-on-japan-quake-threat.html

-(8) Katsuhiko Ishibashi (2007) Why Worry? Japan’s Nuclear Plants at Grave Risk From Quake Damage. The Asia Pacific Journal. August 11, 2007.

-(9) Kiyoshi Kurokawa (Chairman):The National Diet of Japan (2012) The official report of The Fukushima Nuclear Accident Independent Investigation Commission. Executive summary. Published by The National Diet of Japan The Fukushima Nuclear Accident Independent Investigation Commission, The National Diet of Japan. pp 88. All rights reserved

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admin on octubre 18th, 2012

Hace ya muchos años llegó a tierras del Nuevo Mundo Doña Beatriz de la Cueva, mujer muy bella y de gustos refinados, esposa del conquistador español Pedro de Alvarado, quien en 1524 llegó a Iximché (o Xepau, Olintepeque), ciudad capital del Reino Maya Cakchiquel de Guatemala (Quauhtemallan) y se estableció en esa ciudad, declarándola  como la primera capital del Reino de Guatemala. Ocupar ciudades era una práctica relativamente común de los aventureros españoles, ya que les garantizaba “fundar” en lugares que ya habían sido considerados como ventajosos y seguros por sus pobladores originales, además de apoderarse de sus signos y símbolos de poder. Por diversas razones, entre las que se cuentan las hostiles relaciones que se desarrollaron entre los invasores y sus antiguos aliados los cakchiqueles, los Europeos decidieron pocos años después fundar una nueva ciudad en el valle contiguo a las faldas del volcán Hunahpú Pecul  (que en lengua Maya significa “Monte Tirador de Agua Desde Cuevas Escondidas”) hoy conocido como Volcán Agua (figura 1).

Figura 1: a la izquierda se muestra una imagen de 1690 publicada en la “Recordación Florida” por el capitán don Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán (4), donde se ilustra la localización de los poblados de la época. A la derecha una imagen satelital (Google Earth) ilustrando las poblaciones actuales al pié de la falda del volcán. En ambos casos parecieran intentar alejarse del Volcán Fuego, el más activo del lugar (“del agua mansa líbrame Dios, que de la brava me libro yo”).

Es muy probable que los “conquistadores” españoles desconocieran el significado de este nombre, o no creyeran que se fundamentaba en algún comportamiento histórico del volcán y pagaron muy caro por ignorar, despreciar e intentar destruir la cultura de los antiguos pobladores del lugar: la nueva ciudad de Santiago de los Caballeros, cuyo asentamiento lo llevó a cabo el Teniente de Gobernador Jorge de Alvarado (hermano de Don Pedro) el 22 de Noviembre de 1527, no duró mucho tiempo. Según Fray Bartolomé de las Casas su destrucción fue un castigo divino a Pedro de Alvarado y sus hombres, ya que el fraile lo consideraba un déspota desalmado, enemigo de los indios, a quienes mandaba a herrar como esclavos y hacía devorar por manadas de perros entrenados con ese fin (figura 2A).

Sin embargo, Don Pedro, oTonatiuh (el sol), como le llamaban los cakchiqueles por su rubia barba y cabellera, era el gran amor de Doña Beatriz de la Cueva y su muerte, ocurrida  el 4 de Julio de 1541 en combate contra indígenas rebeldes al yugo español en Etzalan (actual estado de Jalisco, Mexico), constituyó el primer desastre en la vida de ella. Según la versión española, Don Pedro de Alvarado murió al ser arrastrado en la caída del caballo de su ayudante Baltazar Montoya, mientras luchaba en tierras Mexicanas intentando reprimir una sublevación indígena.  Sin embargo, existe otra versión según la cual Pedro de Alvarado muere como consecuencia de algunas heridas que le infringieron los indígenas en el combate (figura 2B),  pero ha prevalecido la versión de los vencedores españoles, ocultando cualquier posible rasgo de gloria o mérito a los rebeldes.

Figura 2: (A) Ilustración de las jaurías de perros de Don Pedro de Alvarado. (B) Detalle de una ilustración del Codex Telleriano (2), donde se presenta la muerte de Don Pedro de Alvarado (Tonatiuh, Dios Sol) como ocurrida en batalla contra los indígenas.

Cuentan que cuando la noticia llegó a Doña Beatriz (29 de Agosto) su dolor fue tan intenso que ordenó pintar de negro las paredes interiores y exteriores del palacio, lugar donde se encerró a llorar su dolor durante los días siguientes, rechazando cualquier consuelo que se le intentara brindar, incluyendo los religiosos según escribió Fray Toribio de Motolinía. Solo su ambición y orgullo la sacaron de su intensa pena para exigir en el Cabildo su nombramiento como Gobernadora, convirtiéndose así en la primera mujer con ese rango en las tierras conquistadas por españoles en el Nuevo Mundo.  Al parecer su soberbia superaba ya su dolor, y dicen que al prestar juramento como gobernadora, firmó el libro de actas del cabildo como “Doña Beatriz la Sin Ventura”. Ese mismo día, jueves 08 de Septiembre, comenzó una fuerte lluvia, que se extendió todo el día siguiente y hasta el sábado 10 de Septiembre. El temor de una desgracia llevó a los vecinos a resguardarse en sus hogares porque la lluvia arreció y en la noche una fuerte tormenta hizo presagiar lo peor: la destrucción de Santiago como castigo a los desmanes de Don Pedro y a las blasfemias de Doña Beatriz. Todos presentían que estaba a punto de ocurrir el segundo desastre en la vida de Doña Beatriz de la Cueva, La Sin Ventura.

En efecto, existe un testimonio directo de la destrucción de Santiago, narrado por un testigo sobreviviente, cuyo relato fue impreso en México en la imprenta de Juan Cromberger  a fines de 1541 como una hoja volante (cuatro hojas en letra gótica que probablemente recogen la primera noticia impresa en el nuevo mundo) bajo el título de Relación del espantable terremoto que agora ha acontecido nuevamente en la ciudad de Guatemala (figura 3).

Figura 3: Una de las reimpresiones españolas de la “Relación del espantable terremoto que agora ha acontecido nuevamente en la ciudad de Guatemala” (3, 6).

El original de este impreso se ha perdido, pero se conservan varias versiones de esa edición las cuales no son estrictamente iguales: en particular llama la atención que en una reimpresión española se habla de una terrible y tempestuosa tormenta y no se menciona al espantable terremoto.  En ella se puede leer: “Memoria de lo acaecido en Guatemala. Sábado a diez de Septiembre de mil y quinientos y cuarenta y un años, a dos horas de la noche, habiendo llovido Jueves y Viernes…El dicho Sábado se aseguró como dicho es; y dos horas de la noche, hubo muy gran tormenta de agua de lo alto del volcán que está encima de Guatemala, y fue tan súbita que no hubo lugar de remediar las muertes y daños que se recrecieron. Fue tanta la tormenta de la tierra que trajo por delante agua, piedras y árboles, que los que lo vimos quedamos admirados; y entró por la casa del adelantado Don Pedro de Alvarado, que haya gloria, y llevó todas las paredes y tejados hasta más lejos que un tiro de ballesta; y a la sazón estaban en la recámara un comendador, capellán del adelantado, y otro capellán de doña Beatriz de la Cueva, su mujer: cuando se iban a acostar, entró el golpe del agua, que aún no era venida la piedra, y los levantó en alto; y fue con tanta fuerza, que estaba una ventanita pequeña abierta a un estado del suelo, y casi muertos los arrojó grande trecho en la placa…Entienden ahora en hacer una granjería muy grande en el campo, donde todos vivamos hasta tanto se comience a hacer el pueblo; que no hay hombre que quiera volver a su casa, que quedan pocas…. (Juan Rodríguez, Escribano)”.

Hemos decidido reproducir parte de la reimpresión española (donde no se menciona al Espantable Terremoto) porque dos aspectos de los testimonios consultados hacen dudar de la posibilidad de que lo que ocurrió fue un alud sísmico, u otro evento similar detonado por un terremoto. En primer lugar existen relatos acerca de que los cadáveres de Doña Beatriz de la Cueva y de sus acompañantes, así como los de decenas de pobladores que también fallecieron en este desastre, fueron recuperados en los días siguientes y se les brindó cristiana sepultura: esto no es común en flujos o aludes detonados por sismos ya que las personas quedan atrapadas y enterradas en enormes masas de material heterogéneo (rocas, tierra, árboles, lodo). En segundo lugar, todas las reimpresiones de la Relación original del evento coinciden al narrar que “entró el golpe del agua, que aún no era venida la piedra”, lo cual refuerza la hipótesis de que se trató de un hecho relacionado principalmente con las tormentas de esos días y si ocurrió algún sismo posiblemente no tuvo relación directa con este desastre. Es probable que el ruido del torrente y la vibración producida al descender por la ladera del volcán, generaran la confusión de que había ocurrido un terremoto.

El 10 de Marzo de 1543 se fundó por tercera vez la ciudad de Santiago de los Caballeros, conocida hoy en día como Antigua Guatemala, como nueva capital y centro político administrativo del “Reyno de Goathemala”, pero la historia de sus destrucciones, desastres y renacimiento será objeto de un futuro  notisismo.

Bibliografía Consultada y Recomendada

1-Aurora DÍEZ-CANEDO FLORES, e-Spania. Revue interdisciplinaire d’études hispaniques médiévales et modernes est éditée par CLEA (EA 4083) et soutenue par AILP (GDRE 671 du CNRS).

2-Hamy, E.T, Transcription Complete des Anciens Commentaires Hispano-Mexicains, Codex Telleriano Remensis, Manuscrit Mexicain, Bibliotheque Nationale. Ms. Mexicain No 395. París, MDCCCLXXXXIX.

3-MILLARES CARLO, Agustín, “El terremoto de Guatemala de 1541. Notas bibliográficas”, Nueva Revista de Filología Hispánica, 15, n° 3-4, julio-diciembre de 1961, p. 393-404.

4-Garrido López, José Proyecto Arqueológico de Rescate Pompeya. Informe Final. Dirección General de Patrimonio Cultural de Guatemala. 2011.

Links de Internet:

5-La sin ventura: http://bibliotecadigital.ilce.edu.mx/sites/fondo2000/vol2/31/htm/sec_14.html

6-La primera noticia de América: el terremoto de 1541 y la muerte de la gobernadora “Sin Ventura”: http://registropersonal.nexos.com.mx/?p=3383

Nota: en algunos documentos se mencionan “Indios Kaqchiquel” y en otros “Indios Cakchiquel”.

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