La noche del cinco de Mayo del 2012 muchos habitantes de Mérida miraban al cielo con la esperanza de que la luna venciera a las nubes para exhibir su máximo esplendor, mientras que otros cientos o miles estaban atentos al inusual rumor del caudal del río Albarregas, temiendo que éste volviera a crecer como lo hizo los días 23 y 25 del mes anterior, cuando la fuerza del río dañó varias viviendas y algunas instalaciones del sistema de tomas y tuberías que surten de agua algunos sectores del norte de la ciudad, las cuales han venido inundando su cauce de un tiempo a esta parte (figura 1). Otros rumores también intranquilizaban a la población, pero provenían de las redes sociales, llenas de comentarios y versiones exageradas acerca de lo que estaba ocurriendo, motivando un comportamiento inusual, tanto de la población como de sus organismos, dejando en evidencia el gran poder que podrían tener como mecanismo de comunicación para prevenir o mitigar los efectos de esta clase de eventos, sobre todo si sus usuarios comprenden un día ese poder.

Figura 1: Crecida del Albarregas los días 23 y 25 de Abril del 2012. El muro fue construido con la pretensión de proteger el talud y la conexión de la tubería.

El río Albarregas divide longitudinalmente a la ciudad de Mérida en dos grandes sectores, el casco histórico al sur este y “la otra banda” al noroeste (figura 2), razón por la que algunos han pensado en su cauce como el área ideal para diseñar un parque metropolitano que permitiría establecer un eje de ordenamiento urbano de la ciudad, mientras que otros lo visualizan como un espacio para construir vialidad, pero lo que ha ocurrido en la práctica es que ha sido invadido por viviendas e instalaciones y convertido en una cloaca abierta a partir de las primeras décadas del siglo pasado.

Figura 2: Vista aérea del Cauce del Río Albarregas (cortesía de C. Ferrer). A la izquierda del cauce se observa el “Casco Histórico” y a la derecha el sector “La Otra Banda”. En el círculo amarillo se encierra el barrio “La Vega del Hospital” y en el círculo rojo las “Residencias La Ribera”, nombres muy sugestivos acerca de su ubicación.

Es difícil saber cuál es la mayor crecida histórica de este río porque no existen datos objetivos acerca de ellas (mediciones de aumento de caudal o valores de cotas de desborde por ejemplo) y solo se dispone de algunos relatos y noticias de prensa que no permiten establecer buenas comparaciones debido a que el paisaje asociado a su cauce ha cambiado paulatinamente, pasando de ser eminentemente rural (antes de 1945) a ser casi urbano luego de la fundación de los primeros asentamientos que ocuparon sus vegas: Pueblo Nuevo en 1945 (el barrio más antiguo de Mérida) y La Vega del Hospital en 1948 (Pérez, 1973). Casi todas las vegas del río han sido ocupadas posteriormente (figuras 1 y 3) y se estima que más de 25 mil personas habitan hoy día el área comprendida dentro de su área de inundación. Sin embargo, es casi una certeza que la mayor crecida conocida del Albarregas ocurrió el día 14 de Noviembre del año 1926 porque  los relatos acerca de ese evento no dejan dudas de ello y hacen temer por los escenarios de daños que se observarían en la actualidad si se repitiera un evento similar.

Figura 3: Crecidas del 23 y 25 de Abril del 2012. El tanque anaranjado cayó al río luego que la terraza artificial plana (al fondo de la figura) resultó socavada por la crecida. El perfil del talud de esta terraza indica que no es un depósito del río, sino que fue “construida” dentro del cauce, usando desechos y escombros para “ganarle espacio al río”.

Hace ya casi 86 años, como a las 10 de la noche del sábado 13 de Noviembre de 1926, las nubes que se habían acumulado hacia el norte de la ciudad, sobre los sectores de Santa Ana, La Hechicera y Monte Zerpa, dejaron caer un intenso aguacero que se prolongó toda la noche y hasta la madrugada del día siguiente, causando mucha intranquilidad en la población (Diario Patria, edición del 16 de Noviembre de 1926, versión en microfilm, Biblioteca Tulio Febres Cordero). Las primeras luces del día llegaron acompañadas por la Gran Crecida del Río Albarregas: todas las vegas a ambos lados del río fueron cubiertas por éste y arrasadas por las formidables rocas y troncos de árboles que éste arrastraba, con la pérdida de muchos conucos y sementeras, al mismo tiempo que todos los puentes entre las poblaciones de Mérida y La Punta se cayeron por causa del violento embate de la crecida. Un hecho notable de ese día fue que varios bueyes y vacas fueron arrastrados por la creciente frente a la ciudad de Mérida, siendo envueltos por el violento caudal, que los transportó casi siete kilómetros y los dejó todos destrozados en las riberas del río cerca del sector de Las Tapias, donde fueron encontrados en los días siguientes (esta descripción da idea de la clase de fluido involucrado y su energía). En ese entonces los únicos habitantes del área cercana al río eran campesinos, que pasaron esa noche sin dormir, asustados por el ruido atronador de las inmensas rocas arrastradas por el Albarregas, al golpearse entre ellas mientras se precipitaban violentamente por el abrupto cauce.

El río Albarregas ha experimentado crecidas torrenciales luego de esta fecha de 1926 (Sánchez, 2004), por ejemplo en septiembre de 1932 cuando el río arrastró a una mujer, dejándola a unos 100 metros aguas abajo, toda magullada pero viva; o en Mayo de 1983, ocasión en que los habitantes de los barrios Pueblo Nuevo y Simón Bolívar protestaron solicitando la construcción de un muro para proteger el sector de las crecidas del río; el trece de Octubre de 1987 los vecinos del sector La Vega de Zumba pasaron horas de zozobra ante la amenaza de que el río se llevara el muro que protege a esta barriada. Sin embargo,  a ninguno de estos acontecimientos le corresponde una descripción que permita compararlos  con la Gran Crecida del Albarregas del año 1926, de tal forma que pueden ser considerados como eventos ordinarios que cada día parecen más amenazantes en virtud de que ha ido aumentando la construcción de vulnerabilidad en el área de inundación del río Albarregas.

A pesar de todas sus crecidas de advertencia, como las de 1932, la del 83 o las del pasado mes de Abril, pareciera que nadie hace casi ningún caso y siguen “apareciendo”  elementos urbanos, sin diseños visiblemente especiales que garanticen su integridad en función de su localización, en sitios que pueden ser considerados como propiedad del río. Es así que cuando el Albarregas repita una crecida como la de 1926 se va a encontrar con una ciudad que ha violado los límites del parque, “inundando” con casas, instalaciones, tuberías, calles y muros pretenciosos (figuras 1 y 3) todas las vegas y “playas” del río, así como también los taludes que limitan su cauce.

Referencias Bibliográficas

-Pérez, R. (1973) Marginalidad en la Ciudad de Mérida, Venezuela. Sección de Planeamiento, Centro de Investigaciones, Facultad de Arquitectura, ULA.

-Sanchez, C. (2004) Noticias acerca de crecidas torrenciales de ríos andinos reportadas en el periodo 1900-2004. Informe Técnico Interno, Fundación para la Prevención del Riesgo Sísmico (FUNDAPRIS).

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El primer sismo importante reportado en la historia sísmica del occidente de Venezuela, ocurrió el día tres de febrero de 1610 (día de San Blas) y de allí su primer nombre popular: El Terremoto de San Blas. La mayor parte de la información histórica que existe acerca de este gran terremoto está contenida en una sola crónica (Simón, 1.987), escrita dos años después del terremoto por el Fraile Pedro Simón, quien no fue testigo presencial de lo que pasó en 1610 ya que visitó la región afectada dos años después, en el año de 1612. Su versión de lo ocurrido debió ser el fruto de información que recibió de los pobladores del lugar y de los efectos que pudo observar por sí mismo a lo largo de su travesía.  Según el relato del fraile,  los efectos de este sismo fueron especialmente notables en dos lugares: la población de La Grita, razón por la este sismo comienza a ser referido con el nombre de El Terremoto de La Grita por los académicos que le estudiaron posteriormente, y el valle del río Mocoties, sitios donde ocasionó la muerte de más de 60 personas y fue el detonante de un alud sísmico que afectó el lugar donde actualmente se encuentra la población de La Playa, en el valle del Río Mocoties, mejor conocido como el valle de Bailadores en honor a los aborígenes que poblaban esos parajes para la época en que arribaron los colonizadores europeos, quienes les llamaban “Los Bailadores” por su forma peculiar de moverse al combatir, como si estuvieran bailando y no peleando. Cuenta Fray Pedro Simón que en La Grita la tierra se movía tanto al momento del temblor, que casi no se podía caminar. En esta ciudad se cayeron casi todas las casas y el convento, con la suerte de que en dos de las diez casas de tapia que quedaron en pié estaban reunidas la mayoría de las mujeres del pueblo. En otra parte de su narración, el fraile comenta que “al registrar las ruinas de la iglesia de la ciudad y de la iglesia del convento, se encontraron que los sagrarios estaban hechos pedazos, pero las cajas donde se guardaba el Santísimo Sacramento estaban sanas y sin que les cayera ni un granito de polvo. Al Santísimo Sacramento lo pusieron en el campo, debajo de unos toldos hechos con sabanas, para que todos pudieran rezar y pedir misericordia, porque no les había quedado casi comida en la ciudad, los molinos se hundieron y las haciendas se perdieron”. Según su relato, los ríos y quebradas que surcaban la población de La Grita se secaron: la gente pensaba que el agua se estaba embebiendo en la tierra, por las grietas hechas a causa del temblor en sus nacientes. Según la crónica “esta situación no duró mucho, al día siguiente se desencadenó el diluvio: el agua turbia corría a raudales como si hubiesen caído los más grandes aguaceros, la gente corría despavorida sin entender lo que pasaba, mientras los perros aullaban como anunciando el día del juicio”. Esta parte de la narración anterior no es fácil de entender en el presente: actualmente La Grita no está surcada ni por ríos ni quebradas.  Una posible explicación es que, como consecuencia del terremoto, se produjeron derrumbes y deslizamientos en las cabeceras de las quebradas y ríos que descienden desde las montañas en dirección a La Grita, formándose diques naturales que represaron sus aguas, obligándolas a salir de sus cauces y correr sobre la superficie de la ciudad, ocasionando los estragos descritos por Fray Pedro Simón.

En otro punto de la crónica del fraile se describe un fenómeno asociado con el terremoto, el cual llegó a ser calificado como fruto de su fantasía e imaginación hasta que dos investigadores, Andrés Singer y Miguel Lugo (1982), reportaron haber encontrado evidencias geomorfológicas (huellas) de lo narrado por Fray Pedro Simón: “ese mismo día del terremoto ocurrió un hecho notable y fue que en la mitad de Valle de Los Bailadores, que corre norte a sur a seis leguas de la ciudad, de la cordillera del lado izquierdo voló la mitad de un valentísimo cerro, como si fuera de pluma, y quedó plantado en la mitad del valle, casi en el lado derecho. En el asiento de donde se levantó el cerro quedó una gran abertura, por donde comenzó a salir una corriente de agua que duró algunos días, formándose una laguna por el embalse que formó el asiento del cerro en la mitad del valle.” Este relato puede parecer casi inverosímil para alguien que no esté familiarizado con la capacidad de un terremoto para generar cambios en el paisaje, algunos de ellos asociados con el hecho de que las ondas sísmicas actúan como “disparadoras” de otros eventos, tales como movimientos de masa (derrumbes, deslizamientos, etc).  Es claro que está descripción corresponde a un movimiento de masas de gran magnitud (Ferrer y Laffaille, 1.998), el cual fue “disparado” por las ondas sísmicas del terremoto. El lugar afectado por ese movimiento de masas conserva huellas geomorfológicas en total concordancia con la descripción dada en la crónica, en el sitio donde hoy se encuentra la población de La Playa, a unos 28 kilómetros al noreste de La Grita y fue el responsable directo de diversas pérdidas. Según esa narración (Simón, 1987), en el sitio del alud murieron tres niños españoles y un indio gandul, dos hijos y un sobrino de Francisco de Escalante, se perdieron sembradíos de maíz y tabaco y más de quinientas cabezas de ganado. En  la figura 1 se ha recreado una hipótesis acerca de lo que pasó ese 3 de Febrero de 1610 y los meses siguientes, en base a información presentada por Ferrer y Laffaille (1998) y a las características topográficas del lugar (Lozada y Rodríguez, 2006).

Figura 1: Hipótesis de lo ocurrido en 1610, basado en Ferrer y Laffaille (1998) y las características topográficas del lugar (Lozada y Rodríguez, 2006). (a) ocurre el terremoto y se inicia un movimiento de masas (alud) en una de las laderas de la sierra de Mariño. (b) el material del alud se desplaza aguas abajo por el cañón de la quebrada Las Delicias. (c) la masa de material se deposita sobre el cauce del río Mocoties, generando una inmensa laguna de obturación. (d), se rompe la presa dando lugar a una ola de descarga y al drenaje del lago de obturación.

Al ocurrir el terremoto (a) se inicia un movimiento de masas (alud) en una de las laderas de la sierra de Mariño, correspondiente a una microcuenca tributaria del río Mocoties (quebrada Las Delicias). Momentos después (b) el material del alud se desplaza aguas abajo por el cañón de la quebrada Las Delicias,  incorporando en su camino rocas y troncos de árboles, incrementando su volumen mientras se dirige hacia el cauce del río Mocoties, donde ésta masa de material (c) se deposita generando una inmensa laguna de obturación que inunda el valle aguas arriba durante cuatro meses. Finalmente (d), se rompe la presa dando lugar a una ola de descarga y al drenaje del lago de obturación. En este punto de la discusión surge necesariamente una pregunta: ¿Qué pasaría hoy día si se repite un evento como el de 1610?.  El paisaje del lugar ha cambiado: pasó de ser un paisaje natural y rural, a ser un paisaje urbano, de tal forma que de repetirse en el presente un evento como el descrito anteriormente, no sería difícil concluir que las consecuencias serían radicalmente diferentes.  

Figura 2: Aspecto actual del área afectada por el alud sísmico, la laguna de obturación y la ola de descarga asociados con el terremoto del 3 de Febrero de 1610 (Laffaille, K. et al, 2009)

La afirmación anterior se sustenta en la figura 2, donde se presentan algunos aspectos actuales del paisaje donde ocurrieron los eventos de 1610. En esta figura se aprecia que el camino del alud de 1610 y el lugar donde otrora rebalsó la laguna de obturación se encuentran ocupados por edificaciones e infraestructura de la población de La Playa, así como también que una posible ola de descarga incidiría con toda su fuerza sobre Tovar, la ciudad más grande del valle del río Mocoties y sobre el área de expansión de Santa Cruz de Mora y la vialidad que une a las ciudades construidas en el entorno del Río Mocoties. Hoy en día todo el valle de Mocoties (o Valle de los Bailadores) se encuentra poblado, existen múltiples caseríos, fincas, instalaciones agrícolas, acueductos e infraestructura vial que serían seriamente afectados si un evento como el de 1610 se repitiera (Laffaille, K. et al, 2009).

El día 3 de Febrero del año pasado (2010) se cumplieron 400 años de ocurrido este terremoto que dejó huellas tan perdurables en el terreno del valle, pero tan borrosas en la cultura de sus habitantes. Las personas saben que habitan una zona sísmica, cerca de montañas tan inestables que algunas han sido bautizadas como “Las Barrancas”, cultivan en lugares como el “Rincón de la Laguna” que posiblemente han sido inundados en repetidas oportunidades, incluyendo 1610, construyen cerca o dentro de cauces de ríos y quebradas cuyas crecidas torrenciales son legendarias y han dado lugar a lugares con nombres como “El Volcán”, “Quebrada del Barro” y otros; pero sin embargo no se ve en el paisaje urbano algún reflejo claro de todo ese saber. Pasa el tiempo y se van construyendo viviendas, edificios, calles, puentes, escuelas y hospitales sobre las huellas que han dejado las lagunas, los deslizamientos, las crecidas, las olas de descarga y no parece que se piense en toda esa historia para diseñar las ciudades del valle (figura 3).    

 

Figura 3: Construcciones comunes en las ciudades del valle de Mocoties

 La espectacularidad de lo ocurrido en el Valle de Bailadores, y la posibilidad de que el epicentro macrosísmico de este gran terremoto se localice muy cerca de las cabeceras de dicho valle, han justificado un tercer nombre para este evento tan particular: El Terremoto de Bailadores.   

Referencias Bibliográficas:

Ferrer, C., Laffaille, J. (1.998). El Alud Sísmico de La Playa. Causas y Efectos. El Terremoto de Bailadores (1.610). Revista Geográfica Venezolana. Vol. 39. Nos. 1 y 2.

Laffaille, K., Laffaille, J., Ferrer, C. (2009)  La ocupación de áreas de efectos macrosísmicos en el occidente de Venezuela como factor de riesgo. El terremoto de Bailadores de 1610. V Jornadas Venezolanas de Sismología Histórica. Libro de Resúmenes extendidos. pp 107-110

Lozada, A., Rodríguz, B. (2006) Expresión Gráfica de Algunos Rasgos Geomorfológicos y geotectónicos de un Segmento de la Falla de Boconó. Trabajo Especial de Grado. Universidad de los Andes. Escuela de Geografía. Mérida. Venezuela. 72pp.

Simón, Fray Pedro, (1.987). Noticias Historiales de Venezuela. Academia Nacional de la Historia. Caracas. Vols. 66-67, tomo II, p 269-273.

 Singer, A., Lugo, M. (1982). El Alud Sísmico del 03-02-1610 en el valle del Mocoties (Andes Venezolanos). Confrontación con los testimonios del siglo XVII y las evidencias de campo actuales. Acta Científica Venezolana, 33: p. 214. Resumen.

Nota: Este notisismo es reproducción parcial del artículo “Mérida, ciudad de 4 ríos y cuatro terremotos”, publicado por la Academia de Mérida, La Universidad de Los Andes y el Centro de Investigación para la Gestión Integral de Riesgos (CIGIR), en su libro “Pensar a Mérida”, bajo la Edición Académica de William Lobo Quintero. Mérida. 2011.

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El mundo entero pudo presenciar por televisión e internet, prácticamente en tiempo real, el impacto del terremoto que sacudió a Japón el día 11 de Marzo de este año 2011. Muchos aspectos que aparecieron en medio del gran despliegue informativo, son dignos de discusión. Uno de ellos es el comentario de que “era algo sorprendente, inesperado”, como algo de mala suerte que “además del terrible terremoto, también un tsunami”.  Este comentario lo repetían una y otra vez locutores y comentaristas mientras transmitían las escenas de destrucción de poblados, miles de vidas e infraestructuras, ocasionada por las olas del tsunami generado por este sismo de 9 grados de magnitud, con epicentro en el mar frente a la costa noreste del Japón. Sin embargo, lo normal es que casi todos los grandes terremotos, los “gigantes” como también se les denomina, suelen venir acompañados de otras amenazas: tsunamis (en caso de sismos con epicentros en zonas profundas del océano como en este caso), movimientos de masa (deslizamientos, derrumbes, etc.), crecidas de ríos y quebradas, erupciones volcánicas (al histórico terremoto de Hoei, Japón, de magnitud cercana o igual a 9, se le asocian un tsunami y la última gran erupción del volcán Fujiyama en el año 1707, hace ya más de 300 años), etc. También se mencionó mucho, y con cierto asombro, la terrible coincidencia de que las olas del tsunami afectaran unas centrales nucleares en Japón (figura 1), generando alarma mundial ante la posibilidad de un desastre nuclear: lo cierto es que uno de los rasgos comunes de los grandes terremotos es su capacidad para poner en evidencia los puntos vulnerables de nuestros centros poblados.

Figura 1: Planta nuclear de Fukushima antes y después del terremoto y tsunami de Japón ocurrido el 11 de Marzo del 2011 (http://www.abc.net.au/news/events/japan-quake-2011)

Ante estas imágenes, acompañadas por los comentarios mencionados anteriormente, es necesario recordar un aciago día de la historia  mundial: el 22 de Mayo de 1960, fecha cuando ocurrió el terremoto más grande del mundo, gigante entre los gigantes, de 9.5 grados de magnitud, conocido como El Gran Terremoto de Valdivia de 1960 (Chile). En las ciudades de Valdivia, Alerce y Riñihue (Chile) la intensidad macrosísmica alcanzó el valor X en la escala de Mercalli, casi 6000 personas perdieron la vida, cerca de dos millones quedaron sin hogar en toda la región, las pérdidas económicas en el sur de Chile alcanzaron los 550 millones de dólares y 58000 viviendas resultaron totalmente destruidas en Chile. No llegó solitario este gigante, muchas amenazas se presentaron con él y, entre ellas, un gran tsunami que afectó casi toda la costa de Chile y sus pueblos cercanos. La energía del tsunami fue suficiente para cruzar el Océano Pacífico y ocasionar daños materiales y pérdidas humanas en lugares tan distantes como las costas de California (figura 2b), Hawái (a 9000 km, figura 2d) y Japón (a 15000 km). La longitud de ruptura de falla asociada a este evento y sus múltiples réplicas superó los 1000 km, en la frontera entre las placas tectónicas de Nazca y Sur América. Las líneas de costa de Chile fueron modificadas por efecto del “hundimiento” del terreno (subsidencia asociada con el terremoto) resultando inundadas muchas zonas pobladas. Se produjeron incendios destructivos (figura 2c), muchos movimientos de masa en la zona montañosa de Chile, hizo erupción el volcán Cordón Caulle en el parque nacional de Puyehue (figura 2a), cuentan que algunos ríos cambiaron su curso y llegaron a formarse nuevos lagos, produciéndose cambios drásticos en la geografía chilena.

Figura 2: algunos de los efectos asociados con el terremoto y tsunami de Chile de 1960. (a) Erupciones volcánicas, (b) y (d) efectos del tsunami en costas remotas y (c) incendios (fotos cortesía del Servicio Geológico de los Estados Unidos USGS-NOAA).

Como consecuencia de este terremoto gigante, el canal de salida de las aguas del lago Riñihue (Chile) quedó tapado por tres grandes deslizamientos de tierra, de tal forma que su nivel fue aumentando paulatinamente, amenazando con inundar todas las casas en sus riberas (figura 3) y arrasar con todas las viviendas, haciendas, industrias y parcialmente la ciudad de Valdivia (localizadas cerca de los cauces de los ríos San Pedro y Calle-Calle, alimentados por este lago y afluentes del río Valdivia), que la ola de descarga encontraría a su paso, cuando los tres tapones cedieran ante la gran masa de agua que crecía día a día. Gran parte de la población amenazada abandonó sus viviendas y permaneció durante varios días a la intemperie, iluminando las noches en las montañas cercanas con las fogatas que les servían para sobrevivir al frio y aliviar el miedo. No había nada de irracional o exagerado en ese comportamiento, solo era el efecto de la memoria histórica popular del pueblo Chileno, que recordaba que el 16 de Diciembre del año 1575 ocurrió un terremoto comparable al de 1960, que vino acompañado de un maremoto que penetró varios kilómetros tierra adentro y que también derribó los cerros y produjo un represamiento de las aguas del lago Riñihue.

Figura 3: Recorte de prensa de la época donde se habla de La Epopeya del Riñihue en 1960, como es conocida en Chile la gran labor de ingeniería desarrollada para aliviar el nivel del lago e impedir que acumulara más agua, salvando así a decenas de miles de personas que habitaban aguas abajo. A la derecha se observan dos imágenes, tomadas con diferencia de días, donde es notable el aumento del nivel y las viviendas inundadas.

En aquella oportunidad (1575) el lago permaneció rebalsando durante cuatro meses y a finales del mes de Abril las aguas rompieron el dique natural y se descargaron hacia el valle arrastrando todo lo que se encontraba a su paso. Según cuenta Diego Barros Arana (Historia General de Chile, Tomo II, pag. 245) “En Valdivia, los efectos de esta inundación fueron verdaderamente desastrosos. El capitán Mariño de Lobera, que desempeñaba este año el cargo de corregidor, en previsión de este accidente, había dispuesto que los vecinos de la destruida ciudad, establecieran sus habitaciones provisorias en una altura inmediata. «Con todo eso, cuando llegó la furiosa avenida, puso a la gente en tan grande aprieto que entendieron no quedara hombre con vida, porque el agua iba siempre creciendo de suerte que iba llegando cerca de la altura de la loma donde está el pueblo; y por estar todo cercado de agua, no era posible salir para guarecerse en los cerros, si no era algunos indios que iban a nado, de los cuales morían muchos en el camino topando en los troncos de los árboles, y enredándose en sus ramas. Lo que ponía más lástima a los españoles era ver a muchos indios que venían por el río encima de sus casas, y corrían a dar consigo a la mar, aunque algunos se echaban a nado y subían a la ciudad como mejor podían. Esto mismo hacían los caballos, y otros animales que acertaban a dar en aquel sitio procurando guarecerse con el instinto natural que les movía. En este tiempo no se entendía en otra cosa sino en disciplinas, oraciones y procesiones, todo envuelto en hartas lágrimas para vencer con ellas la pujanza del agua, aplacando al Señor que la movía. Cuya clemencia se mostró allí como siempre, poniendo límite al crecimiento, a la hora de medio día, porque aunque siempre el agua fue corriendo por el espacio de tres días, era esto al peso a que había llegado a esta hora, sin ir en más aumento como había ido hasta entonces. Finalmente, fue bajando el agua al cabo de tres días, habiendo muerto más de mil y doscientos indios y gran número de reses, sin contarse aquí la destrucción de casas, chacras y huertas, que fuera cosa inaccesible”. A este “Gran Terremoto de Valdivia de 1575”, como se le menciona en la literatura, se le asignaba una magnitud del orden de los 8.5 grados en base a los datos históricos. No obstante, considerando que afectó la misma región del terremoto de 1960, que su epicentro macrosísmico se ha localizado muy cerca de la ciudad de Valdivia (al igual que el de 1960) y que las descripciones de lo ocurrido en 1575 se asemejan tanto a las de 1960, es difícil no pensar que fueron eventos de magnitud similar, lo cual conduce a estimar que el período  de retorno para esta clase de eventos gigantescos debe ser superior a los 300 años para esa región. En efecto, luego del análisis de registros geológicos correspondientes a los últimos dos mil años, un grupo de científicos (Cisternas, et al 2005) concluyó que el sismo predecesor del gigante de 1960 fue el terremoto de Valdivia de 1575, estableciendo estos autores un período de retorno de 285 años al menos.

Retomando la discusión inicial acerca del terremoto de Japón, lo que realmente causa asombro y resulta difícil de comprender es que en ese país, ícono de la sismología mundial, que ha sufrido en promedio un tsunami cada 80 años y que le dio el nombre a esta clase de eventos, existan plantas nucleares cerca de la costa, y localizadas frente a un sistema de fallas potencialmente generadoras de tsunamis, carentes de un sistema eficiente de protección ante estos poderosos fenómenos.  Lo que ocurrió en Sumatra en el año 2004 (cientos de miles de víctimas por causa de un terremoto y tsunami inesperados, que llegaron a lugares extremadamente vulnerables)  y la historia que se repite en Japón en el 2011 (con la novedad del riesgo de desastre nuclear), ponen en evidencia que nuestra civilización no está aún preparada para estos eventos gigantes, que cada día aumenta la presencia de obras humanas vulnerables en sitios susceptibles a estos eventos, que es necesario revisar exhaustivamente la información histórica y geológica en busca de cualquier dato que permita conocer la recurrencia de estos gigantes y, mientras tanto, planificar en función del peor escenario orientando esfuerzos hacia la gestión de riesgo en las comunidades. Actualmente no se sabe ni cuándo ni dónde llegará el próximo gigante; lo que sí está claro es que no estamos preparados para ser sus anfitriones.

Referencias:

-Cisternas, M; Atwater, F; Torrejón, F; Sawai, Y; Machuca, G; Lagos, M; Eipert, A; Youlton, C; Salgado, I; Kamataki, T; Shishikura, M; Rajendran, C.P; Malik, J; Rizal, Y; Husni, M. (2005). Predecessors of the giant 1960 Chile earthquake. Nature, 2005, vol. 437, p.404-407.

-Manns, P.(1972) Los terremotos Chilenos. Colección Nosotros los Chilenos. Nº 16. Editorial Quimantú.  

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Los primeros días del mes de diciembre del año 2010 la Península de Paraguaná (Figura 1) se encontraba en medio de una especie de desastroso diluvio local, en momentos aciagos en que se cumplen casi cien años de ocurrido otro evento, quizás aún más terrible y de índole diferente, que afectó particularmente a esta región de Venezuela: la gran sequía de 1912. No hemos logrado encontrar textos donde se recoja información detallada acerca de este suceso, pero existe mucha tradición oral al respecto, algunos documentos no muy bien sustentados desde el punto de vista referencial, testigos indirectos (hijos y nietos de los afectados por esta sequía, algunos de los cuales nos relataron aspectos de sus memorias familiares relacionadas con ese desastre) y la veneración a “Las Ánimas de Guasare” (almas de personas que fallecieron mientras intentaban escapar de la hambruna), que casi no dejan lugar a dudas acerca de que ocurrió un desastre en esos años.

Figura 1: A la izquierda, una imagen satelital indicando algunos de los lugares mencionados en este notisismo. La estrella amarilla señala la ubicación aproximada de Guasare, muy cerca de los Médanos de Coro que se muestran en la fotografía de la derecha.

 

El inicio de aquella sequía se ubica un tiempo antes de 1912, probablemente comenzó en el año de 1905 y es casi un consenso que duró cerca de siete años completos. Fue para algunos un desastre en cámara lenta: a medida que transcurría el tiempo las lluvias se hacían más y más escasas, agotándose todas las fuentes de agua, todos los reservorios naturales, los aljibes e incluso el agua de las tinajas y jagueyes. Se trató de establecer alguna ayuda desde Coro, la capital del estado Falcón, desde donde traían agua potable en barriles a lomo de bestias. Pero los recursos se fueron agotando y encareciendo, probablemente porque casi todo el país sufría bajo los rigores de la sequía, y la gente se vio en la necesidad de alimentarse con enlatados, agua y otros productos que eran traficados en embarcaciones que venían desde la isla de Aruba. La desesperación hizo presa de los más  pobres, quienes no podían acceder a esos “lujos”, y comenzó el éxodo de la población menos pudiente hacia Coro y los poblados de la sierra de Falcón, así como también hacia los pueblos pesqueros de la misma península (por ej., Adícora y Los Taques). Cuentan que  un pequeño caserío llamado “Paso del Medio”, se convirtió en “Pueblo Nuevo de la Sierra” al recibir a varias familias que huyeron de Paraguaná en ese entonces.

Figura 2: A la izquierda una imagen de Felipe (cortesía de la Maestra Alba González), hijo de Ignacia Sánchez, uno de los migrantes que logró rehacer su vida en la sierra falconiana, luego de una extenuante travesía tomado de la mano de su mamá por parajes como el ilustrado a la derecha, donde se observa uno de los trazados de la carretera Coro-Paraguaná, devorado por los médanos.

 

El Sr. Oswaldo González nos relató que cuando su papá Felipe (figura 2) era apenas un niño, se vino caminando desde Paraguaná, de la mano de su madre, la señora Ignacia Sánchez, quien decidió emigrar a través de parajes inhóspitos y cambiantes, huyendo de las terribles condiciones que los impulsaron a arriesgar sus vidas en busca de un futuro relativamente incierto en la sierra de Falcón, donde lograron establecerse luego de años de arduo trabajo. Testimonios como estos abundan en diversos lugares de la Sierra de San Luis, donde pueblos como Churuguara, Pueblo Nuevo de la Sierra, Santa Cruz de Bucaral y muchos más, albergan a los descendientes de estos emigrantes de la Península de Paraguaná. Llegado el año de  1912 la situación se tornó realmente desesperante porque casi no quedaba ninguna planta viva en la región, la mayoría de los animales había muerto de sed y una plaga de langostas, posiblemente transportadas por fuertes corrientes de viento seco que asolaron la península ese año, terminó con la poca vegetación que aún sobrevivía. Escribe La Chiche Manaure ( http://www.aporrea.org//a2488.html) “Soy descendiente de la sequía del año 1.912, cuando en la Península de Paraguaná los vientos alisios insistieron en no dejar posar las nubes por años y años, y la cabeza de la gente quedó estirada en el suspenso de hilos invisibles hacia el cielo. Contaba mi abuela Panchita que rehervían por días los huesos de los chivos que morían de sed, la cacha de café que terminaba como un puñado de arena en el colador y el dinero… no valía nada. Soy nieta de la sequía, de una muchacha corazón de albahaca, que contó muchos muertos por la ausencia del agua, que quedaron dormidos para siempre, sepultados bajo los Médanos de Coro en el peregrinaje hacia la Sierra de San Luis, buscando una poquita de agua…”. Es así que 1912 es recordado como “el año de la gran hambruna”, la comida se tornó extremadamente escasa y cara, de forma que solo los más pudientes o precavidos y los que vivían de la pesca, conservaban para ese tiempo condiciones de vida aceptables: una parte de la población, la más pobre, ya desnutrida y débil, se vio obligada a intentar escapar en busca de trabajo, agua y comida, algunos a lomos de bestias (en general burros que eran bastante comunes en la región), pero muchos caminando por senderos agrestes, desérticos y desconocidos para ellos, recorriendo en muchos casos distancias superiores a los cien kilómetros, incluyendo la travesía a lo largo del istmo de la península de Paraguaná. Miembros de la familia Gotopo, quienes realizaron una investigación en busca del origen de su apellido, encontraron que el primer elemento de su familia en Venezuela se reporta en un pequeño pueblo de Paraguaná conocido como Cerro Pelón, a comienzos del siglo XIX. No se consigue ese apellido en ningún otro lugar de Venezuela antes del año 1912, cuando se vieron obligados a emigrar de la península huyendo de la sequía y el hambre.  Al parecer, los miembros de la generación de sus abuelos, compuesta por 14 hermanos, protagonizaron una odisea en la cual algunos fallecieron a causa de la sequía, pero otros alcanzaron a llegar, logrando establecerse en Coro, Cabimas, Maracaibo, Valencia y otras ciudades de Venezuela (http://www.facebook.com/group.php?gid=31199248498). En el periodo 1911-1912 varias delegaciones de los pueblos de los estados Falcón y Trujillo solicitaron al gobierno de Juan Vicente Gómez un trato especial para traer frutos y alimentos para sus poblaciones, en virtud de que se encontraban sometidos a condiciones extremas de la naturaleza, las cuales les imposibilitaban de producir alimentos (Parra, 2003). Escribe Blanca de Lima (2001) que en varios puntos del estado, incluyendo algunos pueblos de la sierra, se perdieron cuatro cosechas por causa del intenso verano y de las plagas de langosta, arruinándose el negocio de las pieles porque los rebaños sucumbieron a la sequía. Hacia finales de 1912 (mes de Noviembre) todavía morían de hambre algunas personas en diferentes sitios de Paraguaná y desde poblaciones como Piedra Grande, Pecaya, Cieneguita y otras se reportaba la pérdida de las cosechas.

De otra forma, aún menos convencional, el recuerdo de este desastre ha quedado guardado para las generaciones siguientes gracias a la veneración de las almas de las personas que perdieron la vida durante esa terrible peregrinación, en un sitio conocido como Guasare, sobre el istmo de la península de Paraguaná, muy cerca de las dunas y médanos que caracterizan a este lugar. Según el escritor Eudes Navas, este culto se inició años después de 1912, probablemente hacia 1940, cuando una persona que regresaba de pastorear un rebaño de chivos encontró restos seres humanos, que habían sido desenterrados de entre la arena de los médanos por una fuerte brisa. Uno de los habitantes del lugar construyó en el lugar un pequeño túmulo de barro, donde depositó los huesos para darles cristiana sepultura. Se corrió la voz del descubrimiento y la gente comenzó a pensar que los huesos pertenecían a algunos de los emigrantes de la sequía y la hambruna del año 12, no pasando mucho tiempo antes de que comenzara a atribuírseles algunos hechos milagrosos. Según la tradición oral y varios documentos, algunos de los cuales se pueden leer directamente en la capilla de Guasare (figura 3), los habitantes de la región comenzaron a venerar a estas personas que habían sufrido una muerte dramática y cuyas almas permanecían cerca del lugar de la tragedia, donde pueden ser invocadas para solicitarles favores, milagros o su intervención ante una divinidad o santo especial para que intercedan por los seres vivos que las veneran. En ese sentido, las ánimas no pertenecen estrictamente a una religión, secta o creencia particular, son más bien como “enlaces” entre los seres vivos y una gran multiplicidad de poderes fuera del alcance directo de los seres vivos (figura 3, imagen a la izquierda); aún más, en la capilla se encuentran testimonios y agradecimientos por hechos milagrosos atribuidos directamente a las Ánimas de Guasare.

Figura 3: Interior de la capilla de las Ánimas de Guasare, donde destacan algunos de los santos y divinidades que son invocados con la ayuda de las ánimas (izquierda) y el sitio de las velas (derecha). Si se observa con cuidado se notan fotografías de automóviles, e incluso réplicas de autos, algunas de las cuales son en agradecimiento por la intervención de las ánimas para favorecer a los involucrados en algún accidente.

De acuerdo a los párrafos anteriores, no queda duda de que la sequía que asoló la península de Paraguaná durante los primeros años del siglo XX, y con mayor intensidad en 1912, fue un desastre real, a pesar de la escasa atención que ha recibido a nivel científico o literario. En su artículo “Los Veranos Ruinosos de Venezuela” (1947), Eduardo Rohl analiza todos los eventos de carácter nacional ocurridos entre el siglo XVII y mediados del siglo XX,  y no menciona el evento de 1912, lo cual refuerza la percepción de que, si hubo una sequía que afectó todo el país, sus efectos no fueron tan dramáticos como en Paraguaná y la región de Falcón.  De ser ésto así, la hambruna de 1912 pone en evidencia la fragilidad del territorio de Paraguaná ante veranos prolongados, ya que es de notar que los años de 1905 y 1911 fueron años afectados por el fenómeno de El Niño, una de cuyas características es la de producir sequías en todo el territorio venezolano (Molina, 1999), pero no se reportaron situaciones extremos en otros puntos de la geografía de este país en ese entonces.  Según la Oficina Meteorológica del Gobierno de Australia (http://www.bom.gov.au/), el Evento Niño de 1905  se inició en el mes de Noviembre de 1904 y finalizó en Abril de 1906; mientras que el Evento Niño de 1911 comenzó en Mayo de 1911 y terminó en Noviembre de 1912, lo que refuerza los testimonios acerca de las condiciones climáticas de Paraguaná para esos años.

Ya es costumbre responsabilizar al cambio climático global de casi todas las situaciones de desastre que aquejan nuestras poblaciones del presente, incluso se elaboran interesantes análisis y discusiones para determinar a partir de que instante del pasado se le puede comenzar a echar la culpa. No obstante, la Hambruna del año 12 pareciera indicar que existen otros factores determinantes: la fragilidad de un sistema ecológico y la vulnerabilidad de las comunidades que habitan en él.

Referencias:

-De Lima, B. (2001), El negocio exportador de pieles en la región coriana. Ponencia presentada en: IV Jornadas de Investigación Históricas en Homenaje a Don Mariano Picón Salas Universidad Central de Venezuela Facultad de Humanidades y Educación-Instituto de Estudios Hispanoamericanos-Escuela de Historia Caracas, Venezuela 07-09 de noviembre del 2001.

-Molina, J. (1999). El Niño y el Sistema Climático Terrestre. Editorial Ariel, Barcelona. España. 154 pp.

-Parra, P. (2003). Venezuela Oprimida. Cuadros Políticos del Gobierno de Gomez. http://www.analitica.com/va/arte/documentos/2691861.asp

-Rohl, E. (1948) Los Veranos Ruinosos de Venezuela. Boletín de la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales. Año XIV. Tomo XI. No 32. Tipografía Americana. Caracas. Venezuela. p 426-447.

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